Miércoles, 29 Marzo 2017 11:07

Larque

Las ciencias experimentales en México: su dependencia y fragilidad

Alfonso Larqué Saavedra*

Marzo 29, 2017
La Crónica de Hoy, Opinión

El avance de la ciencia mexicana se sigue midiendo en estudios comparativos con otros países por su productividad, fundamentalmente, de artículos científicos, y como resultado sólo alcanzamos un calificativo de regular, en el mejor de los casos. ¿Qué pasaría si la ciencia experimental mexicana fuera medida por otros parámetros, como su originalidad en generar patentes o su independencia de insumos del extranjero para su desarrollo? Seguramente que las referencias nos ubicarían en niveles de eficiencia diferentes.

Hay fechas para los científicos mexicanos que no se deben olvidar: el año 1970, cuando se creó el Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología, y el año 2002, cuando entró en vigor la nueva Ley de Ciencia y Tecnología. Estas fechas guardan las iniciativas de visionarios que le han apostado a la ciencia y a la tecnología como motores del desarrollo nacional. Hay, sin duda, logros, pero éstos no impiden señalar que nos encontramos en un estado de indefensión particularmente vulnerable en las llamadas ciencias experimentales que practican los médicos, biólogos, químicos, físicos, veterinarios, etc., es decir, quienes tienen que desarrollar su investigación estableciendo ensayos para la toma de datos en los laboratorios, campos experimentales, reservas biológicas, etc.

Las ciencias experimentales requieren equipo y reactivos. Si hacemos un recuento del apoyo financiero que se ha dado desde ese 1970 a los que practican disciplinas experimentales, que no ha sido poco, éste ha sido canalizado fundamentalmente para la importación de dichos bienes. Los institutos y centros de investigación más renombrados del país, de reciente creación o con lustros de haber sido establecidos, son importadores netos de esos insumos, y su funcionamiento y éxito académico dependen de la habilidad de sus autoridades para conseguir los recursos para importar a tiempo tales productos.

Para darle certeza a los que practican las ciencias experimentales, en la administración central se ha señalado como un logro la existencia de la exención de impuestos u oficinas en ciertas dependencias que agilizan la compra de equipo y reactivos de importación. Ante la presión de apuntalar estas ciencias experimentales, algunas de las instituciones mexicanas han concretado iniciativas de establecer en el extranjero ex profeso oficinas que agilizan la compra de equipos, reactivos, etc.

Es obligado que debemos hacer un alto para revisar cómo se encuentra la consolidación de la ciencia en México, para que efectivamente se convierta en un motor del desarrollo nacional. Es pertinente revisar sus fortalezas y debilidades, y dentro de estas últimas, atender el punto de analizar el desarrollo nacional de centros que provean de infraestructura para la ciencia. Al hacer un catálogo o listado de estos centros o empresas, seguramente nos presentaría una fotografía casi sin elementos y nos reflejaría que no hemos generado la forma de tener nuestra propia tecnología pertinente para gozar de una ciencia más robusta. El nuevo siglo es excusa suficiente para revisar con otros ojos este aspecto.

¿Será que están en lo correcto los investigadores o administradores que señalan que es mejor y más barato comprar permanentemente equipo y reactivos en empresas extranjeras, que empezar a aprender a hacerlos y sacrificar algunos años con capital de riesgo para que se fortalezcan talleres y laboratorios con manos y mentes nacionales? No es objeto del presente escrito plantear que absolutamente todo el equipamiento y todos los reactivos que se necesitan para impulsar nuestra ciencia experimental se hagan en México, pero sí que, por lo menos, se apuntalen aquellos campos o áreas de frontera que están, por sus logros y pertinencia, creando la columna vertebral de la ciencia mexicana. A los casi 40 años del establecimiento del Conacyt, considero que esta reflexión merece un espacio.

En este sentido se debe de admitir, en principio, que ha faltado establecer un reconocimiento paralelo para los administradores que apoyan las ciencias experimentales, que de mil maneras hacen esfuerzos extraordinarios para que el presupuesto anual destinado a la compra de todos los bienes de importación se ejerza dentro del año fiscal, punto al que la Secretaría de la Función Pública le presta muy especial atención. En el mejor de los casos, en años recientes se recurre a casas comerciales en México, las cuales se han percatado de que nuestro país es un buen comprador y han establecido oficinas que ofrecen ciertos equipos o reactivos a precios de importación. Estas “boutiques” para las ciencias experimentales dan la gran esperanza a muchos investigadores de que su equipo y reactivos —que serán comprados, seguramente, con financiamiento nacional— les serán entregados a tiempo para iniciar con ellos la investigación que aprendieron en los laboratorios donde fueron formados.

Hay numerosas preguntas que se plantean en los muy escasos foros académico-administrativos que abordan esta problemática, dentro de las que destaca una que me parece muy pertinente señalar: ¿Por qué después de aquel 1970 cuando fue creado el Conacyt no se planeó y se le dio el seguimiento puntual a una estrategia o plan paralelo para apuntalar la formación de cuadros y laboratorios o fábricas para crear los pertrechos de equipamiento y reactivos para los investigadores, y de esta forma reducir paulatinamente la dependencia del extranjero para, finalmente, dejar de ser compradores permanentes de dichos insumos?

Parte de la respuesta sigue enmarcándose en señalar que no se conformó el modelo completo para el desarrollo de ciencia y no hubo lo que en otro momento se ha planteado como proyectos “bandera” para la ciencia mexicana: proyectos que fueran integrales, que además de contratar o formar los recursos humanos en los mejores centros científicos del mundo, también abrazaran la responsabilidad de proveer el equipamiento y los reactivos que se requerirían para tener una ciencia experimental robusta y menos dependiente.

El sistema de formación de investigadores se apoyó abiertamente, no así un sistema paralelo que alimentara de infraestructura a la naciente investigación científica mexicana. De hecho, hay que reconocer que el apoyo gubernamental para la formación de cuadros de investigación se ha logrado en gran medida y se ha mantenido, entre otras razones, por la creación del Sistema Nacional de Investigadores, que ha permitido identificarlos, y al mismo tiempo darles el reconocimiento por su labor.

Los señalamientos anteriores son relevantes de considerar con la oferta de que se incremente el porcentaje del PIB para la ciencia y que el Tratado de Libre Comercio y otros tratados firmados favorecerán, por supuesto, la dependencia de bienes, para realizar las ciencias experimentales en nuestro país. Tenemos ahora, en esta era de la globalización, la invitación permanente a que toda investigación tenga contrapartes extranjeras ¡para que nuestra ciencia sea mejor! De hecho, la Unión Europea ha lanzado un programa para establecer proyectos de investigación que para recibir recursos requiere que se incluyan a dos o tres países subdesarrollados y dos o tres países de la Unión Europea; éste y otros programas similares tienen varias lecturas —que no se pretende abordar en el presente escrito—, pero en todos ellos queda claro que el equipamiento y los reactivos serán casi, en su totalidad, de importación.

Una propuesta a corto plazo, para empezar a hablar de manera integral de la ciencia experimental mexicana, sería que se autorizara capital de riesgo para establecer laboratorios o talleres innovadores para atender el punto, que podrían estar dentro de las mismas instituciones o centros de investigación de excelencia o estrechamente vinculadas a éstas; o bien, que a las más de 60 universidades tecnológicas creadas por la SEP desde la década pasada se les apoyara para atender la encomienda.

 

*Director General del Centro de Investigación Científica de Yucatán, A.C. (CICY) *Miembro del Consejo Consultivo de Ciencias de la Presidencia de la República (CCC)

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