Miércoles, 07 Noviembre 2018 09:36


Hay personajes tan grandes, que cuando su camino y el tuyo se cruzan, ese instante de su vida, se convierte en un clímax de la tuya. Ellos seguramente con los días te olvidan. En cambio para uno, el encuentro queda grabado en tu memoria para siempre. Así fue el día que el camino de mi bella esposa y el mío se cruzaron con el de Gabriel García Márquez en una cena privada, en que lo tuvimos a nuestro lado derecho, casi como si hubiera estado solo para nosotros. Hace unos días se cumplieron 15 años de tan memorable ocasión y la recuerdo como si fuera ayer, con cada uno de los detalles de lo que ocurrió, de lo que platicamos, de lo que le preguntamos y de lo que nos contestó.



Gerardo Gamba



Como la de muchos de mis amigos, compañeros y contemporáneos en general, mi juventud fue aderezada de una forma encantadora por la vida de los Aurelianos y los José Arcadios, las de Úrsula Inguarán, Remedios la Bella y Pilar Ternera. Lloré y reí hasta cansarme con las entrelazadas historias de Juvenal Urbino, Fermina Daza y Florentino Ariza y por que no, por las ocurrencias de su tío Leon XII Loayza. Aprendí de la soledad y la decadencia del gran Coronel y de lo que es capaz de hacer un ser humano, como la abuela desalmada y la mamá grande. La historia de Sierva María de Todos los Ángeles y Dominga de Adviento, su naná Yoruba, me rompieron el corazón. Leí en los libros de GABO descripciones clínicas, como el prostatismo de Juvenal Urbino, tan bien descritas, que podrían superar a los libros de semiología clínica que con admiración leíamos en la Facultad de Medicina. Durante un tiempo mi esposa y yo hicimos el ejercicio de leer juntos, en voz alta algunas novelas y por supuesto, escogimos re-leer Cien Años de Soledad y el Amor en los Tiempos del Cólera. En ocasiones no podíamos avanzar mas de una página por varios minutos, porque no conseguíamos parar de reír o de secarnos uno a otro las lágrimas.

Cuando era estudiante de medicina un día lo vi pasar por los pasillos de un centro comercial en San Ángel. Corrí a la librería y tomé el primer libro que encontré de él para que me lo firmara. Esa página de El Otoño del Patriarca con su dedicatoria, todavía cuelga orgullosa en una pared de mi estudio. En ese momento no sabía que años después, por azar del destino, lo tendríamos por varias horas sentado junto a mi esposa. La mente creadora de todos esos personajes que me han acompañado desde la juventud y que, como en sus novelas, a veces cuando platicas sobre ellos ya no sabes si son reales o ficticios.

Resulta que el gran neurofisiologo Colombiano, radicado en Nueva York, Rodolfo Llinás venía a México para presentar su libro “El cerebro y el mito del yo”. El prólogo del libro fue escrito por GABO, así que él mismo estaría en la presentación del libro. Fue una tarde lluviosa de octubre como las que hemos tenido en este año. Acudimos al auditorio del Hospital Ángeles del Pedregal. Cuando terminó la presentación del libro le preguntaron si quería decir algo y contestó: a mi no me gusta hablar, por eso escribo. Después del evento habría una pequeña cena y corrimos con la suerte de ser invitados a la misma. Ahí conocí a Gonzalo Celorio, a quien a la postre le darían el Premio Nacional de Ciencias y Artes en la misma ceremonia que a mi. Ahí también conocimos a Gabriel García Márquez.

Llegamos antes que él y lo esperábamos con ansias. Cuando entró y le preguntaron en donde quería sentarse. Dijo: en donde haya un whisky. Fue una cena de esas de todos en la sala, con los platos en las piernas. Éramos como 15 personas. El whisky lo encontró en el sillón a nuestra derecha. En algún momento, quien estaba sentado junto a él se paró, supongo que por alguna urgencia fisiológica, que sería la única razón de peso como para haber dejado libre ese espacio, que mi esposa en un movimiento muy hábil ocupó, para no soltar a GABO en el resto de la noche. Le dijimos cuanto lo admirábamos y su respuesta fue decirle a Mercedes, su esposa: mira Mercedes, tu nunca me has dicho eso. Fue fascinante descubrir que hablaba como escribía, así que platicar con él era similar a estar leyendo alguna de sus novelas. Se enteró que mi hijos, que entonces tenían 18 y 16 años habían leído algunas de sus novelas y nos pidió que le dijéramos con detalle sus opiniones, porque le gustaba saber que los adolescentes del momento se interesaran por sus novelas. Bromeamos sobre varios dichos populares y se rió a carcajadas cuando le conté que mi madre dice que toda mujer decente se merece cuando menos cinco años de feliz viudez, a lo que él replicó diciendo que tenía otro igual, que dice: el mejor estado del hombre es la viudez, aunque él sea el muerto. Fue una velada inolvidable. Platicar con él fue como hablar con Aureliano o con Juvenal. Estuve a punto de preguntarle porqué se le ocurrió subirse a la escalera para bajar al perico!

Hay personas que se convierten en leyendas. La última novela de GABO la leí en una sala de espera del aeropuerto de Boston y fue sorpréndete que ahí, cuatro personas se aceraron ha preguntarme ¿Es la última novela de GABO? Conocer a personajes tan universales se transforma en un momento especial, que recordaremos siempre. Un día se van, pero en el caso de los artistas, nos quedan sus libros, poemas, pinturas o partituras, que nos dejan conocerlos de una manera que puede ser tan profunda, que rebasa la forma en que podemos llegar a conocer a nuestros propios familiares o amigos.



Inicio