Miércoles, 26 Diciembre 2018 09:44


Lo que parecía una prometedora mejoría en el apoyo a la ciencia en México, terminó siendo un desastre que deja una deuda muy grande con la comunidad científica y representa un reto enorme para la próxima administración. Al inicio del sexenio 2012-2018 se anunció que al final del mismo el país alcanzaría el anhelado 1% del PIB en inversión para el desarrollo de ciencia y tecnología. Como los científicos somos escépticos por naturaleza, no creímos que tal promesa se fuera a cumplir. La tomamos con reserva. Además fue la misma que hicieron los presidentes Calderón y Fox seis y doce años atrás. Mi buen amigo y espléndido periodista Raúl Ferráez estaba convencido de que en esta ocasión la promesa sería cumplida. Su optimismo y mi escepticismo nos llevó a hacer una apuesta. Al final del sexenio nos juntaríamos a cenar en un restaurant de gran abolengo en la zona de San Ángel en la Ciudad de México. Si alrededor del 1% del PIB se destinaba a ciencia yo pagaría la cuenta y de no ser así, sería Raúl el patrocinador de dicho evento. Con mucha congoja y preocupación por mi país, temo informarle al amable lector que próximamente tendré (tristemente) la oportunidad de cenar gratis en tan memorable lugar.

Tomo como ejemplo uno de los programas claves del Conacyt, que es el apoyo a los proyectos para el desarrollo de investigación básica, que comprende a las áreas de Físico-matemáticas, ciencias químicas y biológicas y agropecuarias, ciencias de la salud, humanidades y ciencias de la conducta, ciencias sociales y económicas e ingenierías. Es en ciencia básica en donde se encuentra el mayor porcentaje de investigadores científicos del país. Para que un país pueda desarrollar tecnología e innovación, que después pueda vender a los demás, lo primero que necesita es descubrir, antes de que otros lo hagan, los mecanismos que expliquen los fenómenos básicos en diversas áreas, para entonces generar los productos que incidan en éstos, patentarlos y así, tener la primicia para su explotación. El análisis de lo sucedido de 2013 a 2018 en el apoyo a la ciencia básica muestra claramente como la euforia inicial se convirtió en tristeza y desesperación para la comunidad científica.

El programa de apoyo a la ciencia básica, como muchos otros programas de Conacyt tiene un ciclo anual. Se publica una sola convocatoria por año. En este sexenio se emitieron las convocatorias de 2103 a 2016 y 2017-2018. Es decir, al final sólo hubo una convocatoria para cubrir dos años. Nótese que como cada investigador únicamente puede tener un proyecto vigente y el promedio de duración de los proyectos apoyados es de dos años, emitir una convocatoria que cubra dos años duplica el número de propuestas sometidas.

Las convocatorias contemplan los siguientes tipos de proyectos: los de grupo (dos o más investigadores de diferentes disciplinas interesados en un mismo problema), los de investigador ya establecido (un sólo investigador como responsable) y los de investigador joven. En la convocatoria de ciencia básica de 2013 se apoyaron 29, 248 y 121 proyectos de estos rubros, respectivamente, para un total de 606, 211, 528 pesos. En el 2014 se apoyaron, en el mismo orden, 35, 293 y 166, para un monto total de 780, 086, 216 pesos. En 2015 los apoyos subieron en forma considerable para un total de 33 de grupo, 502 de investigador establecido y 222 de investigador joven, con un monto total de 943, 498, 988. Si bien el incremento en el apoyo en comparación con 2014 y 2013 fue de 20 y 55%, en términos reales no tanto, si tomamos en cuenta que la gran mayoría de los insumos para investigación vienen del extranjero y el precio del dólar se incrementó del 2012 al 2015 en 40%. De cualquier forma, en el 2015 un mayor número de investigadores contaron con apoyo para el desarrollo de sus proyectos, por lo que el optimismo de la comunidad empezó a florecer.

En el 2016, sin embargo, la situación cambió. Se autorizaron en cada rubro 21, 227 y 150 proyectos, respectivamente, para un monto total de 609, 999, 996 pesos, muy similar al del 2103, pero con un precio del dólar que llegó a ser 50% mayor que en 2013. Finalmente, no hubo convocatoria en 2017 y la correspondiente a dos años, 2017 y 2018 se publicó junta. El resultado fue terrible para la comunidad científica. Se apoyaron 19 proyectos de grupo, 140 de investigador establecido y 89 de jóvenes, para un monto total de 398, 411, 975 pesos. Estas cantidades, de por sí mas bajas que los de 2013, lo son aun peor cuando consideramos que corresponden a dos años, por lo que podemos decir que en las convocatorias de 2017 y 2018 se apoyaron sólo 10 proyectos de grupo, 70 de investigador establecido y 45 de investigador joven por año, para un monto total de 199,205,598 pesos. Es decir, 68% menos de lo apoyado en 2013 o el 81 % menos de lo apoyado en 2015. Lejos de cumplirse la promesa, terminamos peor de lo que empezamos. Algunas semanas después de la lista inicial se publicó una nueva con algunos proyectos adicionales aprobados para un monto total de 30 millones de pesos. Se dijo que habrá una tercera lista, pero hay incertidumbre al respecto.

En 2017-2018 se quedaron más de 4,500 propuestas sin apoyo. La comunidad científica está dolida y desesperada. La reducción progresiva en el número de proyectos no apoyados desde 2016 ha resultado en un incremento en el número de investigadores que no tienen un proyecto vigente, por lo que en la próxima convocatoria la cantidad de propuestas muy probablemente será mayor a 8 mil. De toda esta desgracia, lo que menos entiendo es por qué el correo electrónico que recibieron los investigadores con la noticia de NO APOYO inicia con la siguiente frase: “Nos es grato informarle que……..”.



Miembro del Consejo Consultivo de Ciencias

Director de Investigación, Instituto Nacional de Ciencias Médicas y Nutrición Salvador Zubirán y Unidad de Fisiología Molecular, Instituto de Investigaciones Biomédicas, UNAM

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