Miércoles, 15 Enero 2020 10:50

Gerardo Gamba

Contra la violencia de género, la destrucción de la memoria | Parte I

Dr. Carlos Martínez Assad

Comité de Ciencias Sociales, Filosofía e Historia Comité de Ciencias Naturales



La violencia de género y otras violencias cada vez más frecuentes en nuestro tiempo por todo el orbe son tan inaceptables como las mujeres ahogadas en el Mediterráneo, junto con sus hijos y maridos; y las que caminan, junto a hombres y niños, kilómetros desde Honduras, El Salvador, Nicaragua y otros países centroamericanos, pasando por México, hacia Estados Unidos, buscando una utopía que ya no existe. Son execrables los feminicidios y la escasa atención del Estado para dar seguridades que los eviten. De allí que la ira desatada de mujeres indignadas en la manifestación del 16 de agosto en la Ciudad de México, en contra de la policía y las autoridades que no las escuchan, sea entendible. Sin embargo, como de nuevo se expresó en la manifestación del 25 de noviembre, no se justifica responder a la violencia de género con la violencia contra el patrimonio histórico y las instalaciones urbanas.

Mantener viva la memoria ha sido un propósito fundamental en varios países. En España, país con el que los mexicanos tenemos mucha relación, se dedican constantemente artículos y notas en sus diferentes medios para que las nuevas generaciones mantengan una idea de lo que ha significado llegar hasta el tiempo presente y, si se puede, dignificar el futuro. Los judíos en diferentes lugares se han propuesto no olvidar y mantienen persistentes formas de recordar el holocausto y transmitir a los más jóvenes lo que debe quedar en la memoria. Y aún en Alemania hay esfuerzos para mantener viva la historia, hacen a un lado los episodios que los avergüenzan, por ejemplo, al celebrar la caída del ignominioso Muro de Berlín o, como ahora, haciendo preparativos para festejar los 250 años del nacimiento de Beethoven.

En México se ha dejado que la historia sea recordada más que nada oficialmente, exaltando la patria de bronce, como si los héroes no fueran sino estatuas o actores con exceso de maquillaje como en el desfile conmemorativo de la Revolución de 1910. Se privilegian las efemérides sobre cualquier pasaje, nunca se debate sobre algún personaje por más controvertido que sea; se les eleva al santoral y punto. No hay la intención, que debería extenderse, de recordar los pasajes de la historia de forma que resultara más atractiva para las nuevas generaciones. Se abusa desde el oficialismo y escasean muchos pasajes de la historia y su cultura coincidentes con los que resultan más polémicos y, acaso más interesantes, sobre los cuales debatir.

Los liberales, cuando se construía el Paseo de la Reforma, pensaban que debía ser un “libro abierto” a la historia de México. La Columna de la Independencia marcó la historia desde su instalación en el Paseo de la Reforma el 16 de septiembre de 1910, para convertirse al paso de los años en símbolo arraigado de la identidad del mexicano. Sobra decir que es el más reconocido y refuerzo del nacionalismo y de la educación cívica, como catecismo virtuoso de nuestro rumbo histórico. Está allí para representar la frontera entre la historia y el tiempo presente.

Fue Vicente Riva Palacio, en la síntesis del pensamiento liberal, quien integró lo íntimo de la lectura con lo público del paseo pedagógico. Así se estableció que fuese recorrido por diferentes épocas de la historia de México: la época prehispánica con Cuauhtémoc, completado con la presencia de las dos figuras gigantescas de los tlatoanis Izcóatl y Ahuizótl, que abrían la avenida y que luego fueron retiradas. Está la Colonia con Cristóbal Colón y los frailes más representativos, también están los 34 héroes propuestos por cada una de las entidades federativas de entonces para recordar a quienes participaron en la construcción de la nación porque, como decía Carlos Monsiváis: “No hay pueblo sin estatuas…”, es decir, sin la memoria que se quiere preservar.

La consagración de la Independencia de México fue representada por la Victoria Alada, producto del ingenio del escultor Enrico Alciati en el entorno de la obra diseñada por Antonio Rivas Mercado, una idea que se había venido forjando desde años atrás al observar las columnas que se erigieron por el mundo. El dorado de la Victoria fue confiado al artesano Pedro Hidalgo y empleó 8 mil libras de oro de 23 kilates ¾ con un costo de 28 mil pesos fuertes de la época. La ironía es que la modelo de lo que sería el monumento más emblemático del país fue la costurera Ernesta Robles, una mujer trabajadora como muchas. Sin embargo, la sociedad al irse apropiando del monumento le llamó El Ángel, lo cual no significa que sea transgénero porque los ángeles —se dice— no tienen sexo.

Contiene una variedad de símbolos, consagrada al cura Miguel Hidalgo Costilla, que ocupa el sitial más alto en el conjunto como la apoteosis de la Independencia. Dos hermosas mujeres representan a la Patria que le ofrecen las palmas de la Victoria, en un costado, y en el otro, la Historia, que le muestra el libro en el que están escritas sus hazañas. Lo rodean el cura José María Morelos y Pavón, Vicente Guerrero, Nicolás Bravo y Francisco Javier Mina.

Un ejemplo interesante de la discusión sobre la historia es el debate que se generó para que en la esquina donde se ubicó a Mina, se colocara a Agustín de Iturbide, pero su nombre sólo quedó inscrito en el fuste de la columna junto a los de Melchor de Talamantes, Francisco Primo de Verdad y Ramos, Marqués de San Juan de Rayas (quien llevó el nombre de José Mariano Sardaneta y Legaspi), José Mariano Michelena, Epigmenio González, Antonio Ferrer, Josefa Ortiz de Domínguez, Leona Vicario, Mariana Rodríguez, José María Cos, José María Liceaga, Andrés Quintana Roo, Servando Teresa de Mier, Joaquín Fernández de Lizardi, Carlos María de Bustamante, José Antonio Torres, Víctor Rosales, Encarnación Ortiz, Leonardo Bravo, Pedro Moreno, Pedro Ascencio, José Joaquín de Herrera, Miguel Barragán, Ignacio López Rayón, Hermenegildo Galeana y Manuel Mier y Terán.

Debajo de la Apoteosis de Hidalgo, un genio guía a un león, que se ha interpretado como el pueblo conduciendo la fuerza de la ideas. Y en el mismo pedestal en las cuatro esquinas están representadas bellas y estoicas figuras femeninas realizadas en bronce que representan la Paz, la Ley, la Justicia y la Guerra. Y más abajo, por una puerta metálica con un perfil femenino, que lleva el gorro frigio de la Revolución francesa, se accede a una escalera de piedra. Conduce hasta el mirador donde se encuentra el pedestal de la Victoria alada a más de 46 metros de altura, que el pueblo identificó pronto como Ángel, quien lleva en la mano derecha la guirnalda de la victoria y en la izquierda la cadenas rotas del vínculo con España. Los nombres de tres mujeres protagonistas están en la columna: Josefa Ortiz de Domínguez, Leona Vicario y Mariana Rodríguez. Y, en definitiva su presencia es fuerte con las siete figuras femeninas en el conjunto ocupando lugares relevantes con su simbología y la octava, la más sobresaliente es la mujer de hermoso cuerpo de la Victoria.

En 1925, debido a una iniciativa del presidente Plutarco Elías Calles, fueron construidas las criptas para resguardar los restos mortales de los principales héroes de la Patria, que fueron trasladados desde la Catedral de México; entre ellos Hidalgo, Allende, Aldama, Abasolo, Jiménez, Leona Vicario, Mina, Matamoros, Nicolás, Bravo, Guadalupe Victoria y, supuestamente, Morelos porque no hay certeza de que se hubieran reintegrado sus restos después que su hijo Juan Nepomuceno Almonte los sustrajo de la Catedral para llevarlos con él a Francia, aprovechando su nombramiento como representante de Maximiliano ante Napoleón III.

A partir de los años formativos, las identidades se han multiplicado, ya no es sólo la nacional que dio consistencia a un país único y homogéneo. Hay una apropiación social del espacio público y en el caso del Monumento a la Independencia se han expresado intereses de grupos políticos o movimientos sociales que buscan imponer su ideología, valga decir, su orientación cultural a la sociedad. Ahí, los acontecimientos desarrollados en su derredor han marcado los cambios por los que han pasado el país en más de un siglo.

En 1968, junto al monumento pasaron estudiantes por miles en las manifestaciones que los llevaban al Zócalo capitalino. La del día 10 de agosto fue impresionante, con ambiente festivo e interés en preservar el orden y los mismos estudiantes organizaron el tráfico. El Paseo de la Reforma una vez más acogía a un contingente que apenas hizo alto en su más representativo monumento. Pese a tratarse de una las manifestaciones más grandes que se recuerde, nadie tuvo la idea de pintar alguna leyenda, a lo más algunas mantas con consignas y banderas rojas fueron colocadas allí. A partir de entonces fueron desapareciendo las actividades oficialistas que allí tenían lugar, como las que realizaban las autoridades en las fechas patrióticas o las de numerosas representaciones escolares que allí asistían.



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