Jueves, 14 Mayo 2020 09:25


La imagen de Greta Thumberg, instando a los líderes mundiales a reaccionar ante la catástrofe ecológica que se avecina, hoy parece distante. Es natural, pues se estima que la pandemia del COVID-19 dejará más de 600 mil muertos a nivel mundial, lo que será terrible. Sin embargo, de ser cierto, ésta no será la peor pandemia de los últimos 100 años, ni siquiera de lo que va del presente siglo. Para cuando se declaró como controlada, la del AH1N1 llevaba un número parecido de muertes. La peor pandemia ocurrió hace un siglo, cuando la llamada influenza española dejó 50 millones de muertos, casi tantos como la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, volviendo al cambio climático, ninguna influenza o guerra, por mortífera que resulte, será comparable con lo que le depara en corto plazo a la vida terrestre, animal (nosotros incluidos) y vegetal. En el fondo de todos existe una esperanza de protección basada en la ciencia, en la que poco invertimos, pero que siempre nos saca del apuro. Por lo mismo, los líderes políticos de hoy aseguran, ante los oídos escépticos de sus propios expertos, que para fines de este año habrá vacunas y remedios para este mal. Tal confianza probablemente se basa en la eficacia de la biotecnología, mostrada con la ya mencionada pandemia del virus H1N1/09. Éste fue identificado en marzo de 2009 y para noviembre del mismo año ya se distribuían por el mundo 3 mil millones de vacunas. Lo que no se han dado cuenta es que la joven Greta, mayormente ignorada en la ONU en septiembre de 2019, milita en contra de un monstruo que según la Organización Mundial de la Salud ya causa a 7 millones de muertes humanas prematuras cada año, sólo por la contaminación del aire. Subrayo que se trata de humanos, pues las estadísticas de muertes causadas en el resto del reino animal y en el vegetal ya se ubican en la dimensión de las extinciones geológicas. Existe registro de que la vida en la Tierra ha padecido cinco catástrofes enormes en que, con espaciamiento de decenas de millones de años, desaparecieron entre el 60% y el 95% de las especies vivas. Cuatro de esas extinciones se debieron a cambios climáticos, el más grave de ellos iniciado por un aumento en el nivel del bióxido de carbono (CO2) que propició un calentamiento global de 5 grados centígrados. Hoy en día, nosotros estamos incrementando el nivel de CO2 a una velocidad diez veces mayor que entonces, llegando a niveles no registrados en la Tierra en millones de años. La mayoría de nosotros piensa que se trata de una circunstancia heredada, que inició con la revolución industrial. Sin embargo, la mitad del CO2 que hay en la atmósfera se ha agregado en los últimos 30 años. A este ritmo, antes del año 2050 el fatídico aumento de 5 grados centígrados será un hecho consumado. La ciencia ha registrado la existencia de unos 30 millones de especies animales y vegetales. Se estima que, debido a la actividad humana, un tercio de ellas ha desaparecido. Como nos cuenta Y.N. Harari en Homo Deus, el fondo se debe a que favorecemos toda forma de vida que se puede domesticar y, en el mejor de los casos, ignoramos al resto. Por ejemplo, en el mundo hay miles de millones de vacas, cerdos y pollos, así como 500 millones de perros y un poco más de gatos. Al mismo tiempo, un billón de animales marinos termina en nuestra cadena alimenticia, haciéndose muy poco por preservar esas especies. El mundo de ilusión en que vivimos desde la infancia, rodeados de peluches con forma de oso, elefante, león y jirafa nos aparta de una triste realidad: esos animales se encuentran cercanos a la extinción, restando pocas decenas de miles de cada uno. Es decir, el número de juguetes con esas formas es infinitamente superior. Confieso que no soy vegano, pero cuando uno analiza la manera en que viven y mueren los animales “cultivados” antes de llegar a nuestro plato, me entran serias dudas. Con el cambio climático antropogénico, al mundo vegetal tampoco le va mejor. Aurelién Barrau, físico francés con quien colaboré científicamente en el pasado, hoy promotor y filósofo de la conservación natural, cuenta en sus libros que cada año se derriban 15 mil millones de árboles, quedando menos de la mitad de aquellos que existían al inicio de la agricultura. También hace un recuento del impacto terrible que nuestros pesticidas y desechos tienen en el mundo animal y vegetal. Pero cada ataque a los pulmones de la Tierra y a la vida en general tiene un precio. Los líderes que se mofan de la joven Thumberg no parecen estar consientes de las facturas que sus países ya están pagando. Por ejemplo, Estados Unidos pierde 300 mil millones de Dólares al año, tan sólo debido a desastres naturales asociados con el cambio climático. Esto es sólo un botón de la revancha que la naturaleza ya ejerce sobre nosotros y que aumentará inevitablemente.

Aurelién Barrau, en colaboración con su compatriota, la actriz y activista de la ecología Juliette Binoche, recientemente promovieron entre una comunidad de personalidades de la cultura y de la ciencia la firma de un manifiesto que promueve una toma de conciencia sobre esta temática. Aprovechando la pandemia del COVID-19, se urge a reflexionar sobre el sentido que debería tener el reinicio de las actividades humanas. Debemos aprovechar la oportunidad para plantearnos una nueva actitud ante esa naturaleza que en estos meses ha dado muestras de una leve recuperación: menos tráfico, una atmósfera más limpia, el regreso de las mariposas, los pájaros, las ardillas, incluso animales mayores, que han salido de su escondite. Aquellos que hemos podido mantener el sano aislamiento, trabajando en casa, sin viajes ni desplazamientos innecesarios y añorando salir al parque, al bosque, en fin, a la naturaleza, debemos aprender de nuestra experiencia, por el bien propio y ajeno: es vital eliminar el consumismo superfluo. Este es el sentido del documento de Binoche y Barrau, que suscribimos 200 personas del mundo, y que fue publicado el pasado 5 de mayo (2020) en el diario francés Le Monde, aún traducido y reproducido por numerosos medios, bajo el título de “No a un regreso a la normalidad”.



Investigador del Instituto de Física de la UNAM y

Coordinador General del Consejo Consultivo de Ciencias

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