Miércoles, 20 Mayo 2020 09:22


La ciencia se define como una actividad creativa cuyo fin es la generación de conocimientos sobre todos los aspectos de la naturaleza y sus mecanismos, incluyendo al hombre mismo, como individuo y como sociedad, mediante la observación y la experimentación, para lograr un análisis objetivo de la realidad.

Esta es una definición de la ciencia aceptada en general, aunque no necesariamente con las mismas palabras, por la comunidad científica internacional desde el inicio de la ciencia moderna. Por eso, es claro que la primera misión de la investigación científica es la generación y elaboración de conocimientos. De aquí también se desprende que la ciencia posee su propia lógica y sus propios principios de autonomía, ética y libertad.

Estos principios son garantes de la coherencia y racionalidad de la ciencia y, precisamente por esos principios, aunque parezca contradictorio, la ciencia se autoexige una evaluación rigurosa de sus procedimientos, análisis y datos, y genera, difunde y propone una actitud analítica basada en el conocimiento para la toma de decisiones que afectan a la sociedad. Por eso, también, la ciencia enseña a pensar para decidir sobre bases más firmes y realistas, tiene un papel fundamental en la educación a todos los niveles, y se ha convertido en la fuerza más importante de la civilización.

Como lo escribió Jacob Bronowski, autor del indispensable libro “El ascenso del hombre”, en la revista Scientific American en 1958:

“El más notable descubrimiento hecho por los científicos es la ciencia misma. La importancia de este descubrimiento debe ser comparada con la invención de las pinturas rupestres y del lenguaje escrito. Como estas creaciones tempranas de la humanidad, la ciencia es un intento para controlar nuestro medio ambiente penetrándolo y entendiéndolo desde dentro. Y al igual que estas creaciones, sin duda la ciencia ha dado un paso crítico en el desarrollo humano que ya no puede ser revertido. No podemos concebir una sociedad futura sin la ciencia”.

Y Jacques Monod, Premio Nobel 1965, en su libro “El azar y la necesidad”:

“Las sociedades modernas han aceptado las riquezas y los poderes que la ciencia les ha descubierto. Pero no han aceptado, apenas han entendido, el profundo mensaje de la ciencia: la definición de una nueva y única fuente de verdad, la exigencia de una revisión total de los fundamentos de la ética.”

Es por lo anterior que la sociedad y los gobiernos deben aceptar y reconocer que la solución a la pandemia del COVID-19, que justificadamente mantiene atemorizada a la población mundial, vendrá, de hecho ya está ocurriendo, necesariamente de la ciencia. En efecto, gracias al conocimiento científico sobre la estructura química de los genes y de las proteínas, en este momento decenas de laboratorios del mundo están trabajando para desarrollar vacunas (según un artículo muy reciente de Nature, más de 90 vacunas) que serán la solución definitiva para las infecciones por el SARS-Cov-2, causante de la COVID-19. Este virus, como todos los virus, está formado por dos componentes, un ácido nucleico –el material químico que son los genes– y proteínas. En el SARS-CoV- 2 el material genético es el RNA o ácido ribonucleico, y entre sus proteínas está la “spike” que forma parte de la corona y es la molécula que participa en la penetración del virus a las células. Una vez que el virus ha penetrado en las células, éstas empiezan a sintetizar las proteínas del virus, de acuerdo con las instrucciones contenidas en la secuencia de los nucleótidos –los componentes del RNA viral– y así la célula infectada fabrica nuevos virus; cuando su número es grande terminan por destruir la célula, se dispersan a otras células y causan una reacción inflamatoria, que incluye la formación de anticuerpos por células del sistema inmunológico, las que son capaces de “guardar en su memoria” el reconocimiento de las proteínas del virus y así generar inmunidad contra una nueva infección.

Este es el conocimiento en que se basa el desarrollo de vacunas contra el coronavirus que muchos laboratorios están trabajando, mediante la generación de virus “débiles” o “inactivados” (modificando el virus o la expresión de su RNA por procedimientos químicos), los cuales no pueden penetrar a las células pero sus proteínas (la spike entre ellas) o RNA sí pueden ser reconocidos por el sistema inmunológico y por consiguiente producir los anticuerpos y así generar la inmunidad. También se están desarrollando vacunas basadas en la administración de las proteínas del virus o de fragmentos de esas proteínas –de nuevo especialmente la proteína spike–, para que el sistema inmunológico las reconozca como extrañas y sintetice los anticuerpos que neutralizarán la proteína, de modo que el virus tendrá bloqueadas las moléculas que le permiten penetrar a las células.

Esta brevísima descripción de lo que los científicos están haciendo para generar vacunas contra el SARS-CoV-2 parece muy sencilla, pero no podría entenderse ni realizarse si no es por el cúmulo de conocimientos científicos que desde hace decenios se han obtenido sobre la estructura y función de los genes y las proteínas, así como del funcionamiento del sistema inmunológico. Es este conocimiento bioquímico y de biología molecular, previamente adquirido, lo que ha permitido identificar al virus como coronavirus, saber que está formado por RNA y no DNA, secuenciar sus genes, aislar las proteínas que lo componen, poder romperlas en fragmentos, y así poder generar las vacunas. A continuación enumero algunos (hay muchos más) de esos conocimientos, todos ellos generados a partir de las décadas 1940-1950 y cuyos descubridores principales obtuvieron el premio Nobel (la numeración no representa ningún sentido jerárquico, de descubrimiento cronológico o de relevancia): 1) La estructura química de las proteínas, compuestas por unidades pequeñas llamadas aminoácidos. 2) La forma tridimensional de las proteínas. 3) Las diferentes funciones de las proteínas, de acuerdo a su estructura y forma. 4) La estructura química general de los genes (cadenas de nucleótidos, llamdas ácidos nucleicos). 5) Los diferentes tipos de ácidos nucleicos (DNA, diferentes tipos de RNA). 6) Los mecanismos de síntesis de proteínas, a partir de la secuencia de los nucleótidos del DNA o RNA. 7) El código genético, o cómo la secuencia de tres nucleótidos determina qué aminoácido se incorpora a una proteína durante su síntesis. 8) La estructura química de la membrana de las células, y cómo ciertas proteínas se incorporan a la membrana. 9) Las diferentes funciones de las proteínas de la membrana celular. 10) Los diferentes tipos celulares que constituyen el sistema inmunológico. 11) Las funciones de esos tipos celulares. 12) La estructura de los anticuerpos, que son proteínas. 13) La composición química de los virus. 14) Los mecanismos de infección de los virus, que también pueden infectar bacterias.

Los conceptos señalados al inicio de este artículo y los ejemplos sobre su importancia para generar vacunas contra el coronavirus de la COVID-19 se aplican a prácticamente cualquier técnica o adelanto en todas las áreas de la ciencia, tanto biológicas como físicas. Por eso es que la ciencia, generadora de conocimientos, es el motor de la civilización y un elemento esencial para la toma de decisiones y una educación basada en el conocimiento y no en ideas o posiciones políticas o religiosas. Por eso la ciencia no tiene adjetivos: no hay ciencia neoliberal o antiliberal o conservadora o anti- o pro- nada. La ciencia tiene no sólo el derecho, sino aun la obligación, de continuar descifrando los mecanismos que rigen la vida, el universo y de la biosfera, cuidando de que el conocimiento adquirido se use en beneficio de la humanidad y no para su destrucción.



Miembro del Consejo Consultivo de Ciencias

Investigador Emérito, División de Neurociencias, Instituto de Fisiología Celular, UNAM

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