Lunes, 25 Mayo 2020 09:31


Algunas publicaciones y noticias durante la semana pasada empiezan a dar un poco de esperanza en relación con el futuro de la pandemia de SARS-CoV-2 que quiero comentar en esta ocasión. Tienen que ver con la generación de inmunidad en enfermos sobrevivientes de COVID-19 y la eventual obtención de vacunas. Sin estos dos elementos, el futuro de la pandemia sería no solo negro, sino de terror. Estos trabajos, sin embargo, muestran resultados alentadores.

Es claro que por la infectividad y la agresividad del SARS-CoV-2 que la única solución que puede poner fin al problema en los siguientes años será el desarrollo de una vacuna que permita prevenir el desarrollo de la enfermedad. Para eso, sin embargo, primero es necesario demostrar que la infección por SARS-CoV-2 genere inmunidad permanente. Es decir, que el contacto con el virus induzca la producción de anticuerpos contra algún sitio clave del mismo, que permita una respuesta rápida la siguiente ocasión en que se tenga contacto y así evitar la enfermedad. Eso sucede, por ejemplo, con los virus del sarampión, la viruela o la poliomielitis. Sin embargo, por diversas razones, unas imputables al virus y otras al huésped, no todos los virus inducen inmunidad permanente. Por ejemplo, el virus de inmunodeficiencia humana o el virus de la gripa común. Un caso intermedio es el de la varicela. La infección por el virus varicela zoster que produce varicela, usualmente en la infancia, genera una inmunidad que previene la reinfección. Sin embargo, con los años o con la inmunosupresión un individuo se puede volver a enfermar, pero ya no de la varicela, sino otra versión de la infección que es el herpes zoster, típicamente, con dolor y vesículas en la piel en el trayecto de algún nervio específico.

Un estudio publicado esta semana en la revista Science (10.1126/science.abc4776) muestra datos que sugieren que la infección por SARS-CoV-2 induce inmunidad que podría ser permanente. En este trabajo nueve monos fueron infectados con diversas dosis del virus y fueron seguidos a lo largo de varias semanas. Primero, los investigadores demostraron que los monos se enfermaron, producían replicación viral en las vías respiratorias y desarrollaron cuadro histológico de neumonía similar a la que ocurre en humanos. Clínicamente la enfermedad en los monos es mucho menos grave. En general permanecen postrados algunos días y dejan de comer, pero no se ponen graves y se curan espontáneamente. Luego, se observó que en las primeras dos o tres semanas los monos desarrollaron anticuerpos contra diversas fracciones de la proteína espiga del SARS-CoV-2, que es clave para su unión con el receptor e internalización en las células de las vías respiratorias. El nivel de anticuerpos en los monos es similar a lo observado en personas convalecientes de COVID-19. Así mismo, los anticuerpos eran neutralizantes, es decir, previenen la replicación del virus. Finalmente, a los 35 días de que fueron inoculados con el virus y una vez demostrado que ya se habían curado y la prueba de SARS-CoV-2 se había vuelto negativa, los monos fueron inoculados de nuevo con dosis altas del virus. La buena noticia es que ya no se enfermaron de nuevo, ni mostraron replicación viral en las vías respiratorias y tuvieron lo que conocemos como una respuesta anamnésica, que consiste en que rápidamente volvieron a elevar los niveles de anticuerpos contra el SARS-CoV-2.

Los resultados del estudio muestran que la respuesta inmune que genera la infección parece que puede ser permanente, lo que tiene dos implicaciones fundamentales para el futuro de la pandemia. El primero es que aquellos individuos que se enferman y se curan, al parecer se vuelven resistentes a una siguiente infección y el segundo, que entonces tiene sentido invertir millones de dólares para generar una vacuna.

Aquí es en donde vienen otros estudios esperanzadores esta semana. El mismo grupo de Harvard que hizo el estudio mencionado arriba, ha desarrollado una vacuna de DNA con secuencias de diversas partes de la proteína espiga. En un trabajo publicado el mismo día en Science (10.1126/science.abc6284), estudiaron el efecto de la inoculación de 25 monos con varias de estas vacunas y a diversas dosis, mas 10 que fueron inoculados sin la vacuna, como el grupo control. La administración fue intramuscular en dos ocasiones, al día 0 y con un refuerzo 3 semanas después. Los resultados muestran que después de administrada la vacuna los monos desarrollan anticuerpos contra la proteína espiga y neutralizantes, a títulos similares que los monos infectados en el estudio comentado anteriormente y también similares a los de sujetos convalecientes de la enfermedad. Tres semanas después de la inyección de refuerzo, los monos fueron inoculados con SARS-CoV-2 y se observó que no desarrollan la enfermedad y la replicación del virus en las vías respiratorios en varias ordenes de magnitud menor que la que ocurrió en los 10 monos del grupo control y de hecho fue completamente negativo en ocho de 25. Finalmente, también mostraron anamnesis inmunológica.

Estos no son los únicos estudios publicados en la semana sobre vacunas, hay mas. Aunado a esto, aunque aun no ha sido publicado en medios científicos, una compañía de Boston que desarrolló una vacuna en base a RNA, difundió en los medios (New York Times, 19 de mayo) que fue administrada a ocho sujetos sanos que desarrollaron anticuerpos similares a los observados en pacientes convalecientes, por lo que esta compañía en junio estará realizando iniciando ya un estudio de fase II en 600 sujetos para definir la seguridad de la vacuna y de ser el caso, planea iniciar un ensayo clínico controlado en miles de individuos a partir de julio.

Falta mucho por hacer, pero los estudios mencionados sugieren que podría desarrollarse una vacuna efectiva contra el SARS-CoV-2 que esté disponible en algún momento del 2021. El problema al que nos vamos a enfrentar será cómo producir y distribuir vacunas para toda la población (seis mil millones de personas). Este será un ejemplo mas de la ventaja que llevan los países que deciden invertir para generar estos conocimientos, que lo que deciden no hacerlo y esperar a ver que les toca.



Miembro del Consejo Consultivo de Ciencias

Director de Investigación, Instituto Nacional de Ciencias Médicas y Nutrición Salvador Zubirán y Unidad de Fisiología Molecular, Instituto de Investigaciones Biomédicas, UNAM

Inicio