Miércoles, 22 Julio 2020 15:52

Gerardo Gamba

Los diez discos más significativos en mi vida

Parte II

Dr. Gerardo Gamba Ayala

Comité de Ciencias Naturales Comité de Ciencias Naturales



Entré a la Facultad de Medicina y todo estaba listo. Ya era melómano, pero con mucho por aprender. Había sido hasta entonces autodidacta. Pero entras a la UNAM y te expones a un sinfín de posibilidades. Así, una de las veces que fuimos estudiar a casa de Rubén Niezvisky, a quien conocí en la Facultad, puso este disco. La Segunda Sinfonía de Mahler, de quien yo no había escuchado hablar. Recuerdo desde el momento que cayó la aguja sobre el LP y empezó la marcha fúnebre, con esa potencia y seriedad. Ya no pude estudiar, pero me queda claro que ese día aprendí más que nunca. No pude dejar de escuchar, sino hasta que la obra llegara al final de su quinto y último movimiento. ¡Qué viaje! ¡Qué espectáculo auditivo! ¡Qué momento tan reflexivo! Desde entonces he dicho que mi vida se divide antes y después de Mahler. Nunca había escuchado música que transmitiera los más profundos y reveladores sentimientos humanos, en una forma tan clara y hermosa. Parece que Mahler te está susurrando al oído, como el profesor John Keating a sus alumnos: “Carpe, carpe diem…..Seize the day, boys…make your life extraordinary” en Death Poetry Society. Con Gustav Mahler di el salto inicial a la música clásica del siglo XX.

Unos meses más tarde mi maestro Trifón de la Sierra, casado con la gran pianista María Teresa Rodríguez, hablaba frecuentemente de la Quinta Sinfonía de Shostakovich, otro nombre que era nuevo para mí. En uno de los viajes de negocios de mi papá a Houston le encargué ese disco y me trajo el de la portada que presento como mi séptima elección. En esta ocasión, yo solo en mi casa abrí el disco y lo puse en el equipo de alta fidelidad que tenia mi papá y... otro viaje, otra experiencia increíble, otro mundo nuevo para mí. Un gran avance para entrar de lleno a la música del siglo XX. Entendí que después de todo lo que había escuchado y me había maravillado, pues todavía había más. Un nuevo mundo por descubrir. Más difícil, más complejo, más rudo de roer quizá, pero muy gratificante. Grabé el disco en un casete y fue lo que escuché en el coche durante todo el mes siguiente y a partir de ahí, aprendí quién había sido Dimitri Shostakovich y quise tener toda su música, lo que entonces me abrió la puerta a otros compositores del siglo XX.

La octava portada que presento es La Consagración de la Primavera de Igor Stravinsky. Estrenada en el Teatro de los Campos Elíseos en París en 1913, fue un rotundo fracaso. El público abucheó molesto, ya que no le gustó lo que escuchaba. Años después fue considerada por muchos como la mejor y más vanguardista obra del siglo XX. Esta obra fue lo que necesitaba para dar el último brinco a la música clásica moderna. Si bien ésta no es mi versión favorita, escogí esta portada en particular por dos razones. Éste fue el primer CD que tuve en mi vida. Lo compré incluso antes de siquiera tener un reproductor de discos compactos. Esta obra la conocí en vivo en 1982, en un concierto en la sala Ollin ­Yoliztli y fue justamente con la Filarmónica de Israel, bajo la batuta de Leonard Bernstein.

Mis últimos dos discos tienen algo en común. Es música extremadamente profunda, bonita y reflexiva. La novena sinfonía de Mahler es un himno al amor, a la belleza. No hay forma de escucharla y no llorar, de tristeza, pero también de emoción por estar percibiendo música tan profunda, tan perfecta, tan comunicativa, que te conecta con el autor y te hace saber lo que él estaba sintiendo. Ese profundo amor por su esposa Alma y por la vida, que sabía que se le iba de las manos. El cuarto movimiento se ha asociado por algunos autores con el fenómeno de la muerte. Es un movimiento hermoso que se va apagando lenta y tranquilamente, pero con ese violín que te mantiene tenso hasta el final. De las pocas obras que la audiencia se abstiene de irrumpir en aplausos, porque no sabe si ya terminó o no. Así se muere la gente que lo hace con tranquilidad. Esta sinfonía la conocí con el disco que presento y sigue estando dentro de mis versiones favoritas.

Finalmente, el Requiem de Gabriel Faure. Es una obra increíblemente bella. Es un réquiem que a diferencia de los muchos que hay no es apoteósico, ni tampoco es triste. Es tan bello que hasta dan ganas de morirse. Es sin duda una obra que quiero que toquen en mi funeral todo el día, porque refleja la felicidad por la vida del difunto, más que la tristeza por haberlo perdido. Es verdaderamente el himno que necesitamos todos para irnos al cielo. Aunque no es mi versión favorita, escogí la portada del disco dirigido por John Elliot Gardiner y el coro de Monteverdi, porque fue con este disco que conocí la obra. Fue uno de esos tantos discos que compré en el Tower Records de Mass Avenue en Boston, durante mis años de posdoc, sin haberlo escuchado nunca y de hecho sin conocer al autor. Sólo porque al verlo me pareció interesante y dije, veamos qué tal. ¡Y vaya sorpresa! Cuando no había internet y comprábamos discos sin tener información al respecto, pero te latía que podía ser bueno.

Este ejercicio fue muy divertido porque al mismo tiempo lo hicieron los otros cuatro integrantes de nuestro grupo de melómanos, Blue Beethoven, del que alguna vez publique un editorial (Diario La Crónica, 6 febrero 2019). Hubo coincidencias interesantes, en particular que en todos los casos fue el rock de muy alto nivel el que nos fue llevando hacia la música clásica. Recomiendo al amable lector haga este ejercicio, se va a divertir.



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