Miércoles, 23 Septiembre 2020 08:49


La pandemia en curso ha puesto en evidencia una serie de debilidades de la economía mexicana, de su sistema de salud y del área educativa. Aquí quiero tocar este último aspecto, esencial para un país como el nuestro, que aspira a convertirse en una sociedad emergente.

Durante mi vida profesional he trabajado en diversos proyectos que tratan de aplicar resultados de la llamada Inteligencia Artificial a la educación. Siempre he privilegiado la educación presencial, en el salón de clases, por considerarla un modelo educativo más efectivo. Los estudiantes aprenden de otros estudiantes, a veces más que del profesor mismo. Aprenden trabajando en equipo y participando a viva voz en las clases. El sistema “E-Chalk” desarrollado en Berlín desde 2001 nos ha permitido utilizar pantallas LED de gran tamaño, sensitivas al contacto, como sustitutos de la pizarra tradicional. El sistema reconoce la letra y símbolos que se escriben. Puede extraer de Internet una imagen de una abeja y posicionarla en la pizarra, ahí donde el profesor escribió “abeja”. El sistema reconoce ecuaciones matemáticas y las puede graficar o resolver activando un poderoso programa algebraico. E-Chalk puede animar diagramas, por ejemplo, el diagrama de un circuito eléctrico para ilustrar cómo funciona.

Pero he aquí que la educación presencial es precisamente lo que ya no podemos hacer, por el momento. En casi todo el mundo, las escuelas y universidades han pasado a transmitir clases por Internet, en vivo o reproduciendo grabaciones. En México, la educación básica está siendo cubierta ahora a través de programas transmitidos por televisión, como la telesecundaria de antaño. Se transmite así porque no todos los escolares tienen acceso a Internet y aún teniéndolo, no es tan fácil organizar la logística para todas las transmisiones que serían necesarias.

Es claro que la SEP ha instaurado estas transmisiones porque realmente no hay muchas otras posibilidades de interacción con los escolares. La gran desventaja de la televisión es la pasividad en la que sume a los estudiantes. Clases por televisión solo pueden ser un paliativo si los padres están prácticamente a un lado de los niños, ayudándoles a entender y a realizar actividades prácticas. Pero si los padres tienen que trabajar, los niños quedan solos frente al televisor y van a aprender solo una fracción de lo que podrían absorber en las aulas.

Existe otra alternativa, hacia el futuro, que sin embargo implica realizar un esfuerzo concentrado de investigación y desarrollo en México. Me refiero a la posibilidad de contar con “libros inteligentes” que guían al alumno y que no se reducen a que puedan ser leídos, sino que interactúan con los estudiantes. La plataforma ideal para este tipo de libros son tabletas en las que se puede escribir con un “bolígrafo electrónico”. Son libros que estarían en interacción continua con el alumno.

Imagine el lector que un estudiante tiene que aprender geografía. En la tableta, el libro de geografía podría comenzar con algunas lecturas sencillas, ilustradas con mapas de México que reaccionan al tacto, pronunciando, por ejemplo, los nombres de los estados de la República al ser activados. Una vez que el estudiante ha leído esta sección por primera vez, la tableta puede pedirle al estudiante, verbalmente, que señale la posición de un estado con el dedo. Puede corregir errores y puede alabar aciertos. No sería difícil idear un juego en la computadora donde los niños compiten contra sus pares y además aprenden geografía. Otro ejemplo sería un estudiante de secundaria que quiere aprender álgebra. La computadora le puede plantear problemas que el alumno resuelve con su pluma electrónica. La computadora evalúa la respuesta y avanza a otro problema, o bien, busca uno más sencillo si el alumno se equivocó.

Lo más importante en este escenario es la interacción inteligente del libro de texto con el alumno a través de la pantalla, de animaciones y vocalizando. El libro necesita entender la voz y escritura del alumno y debe además ir creando una especie de modelo de lo que el alumno sabe y de lo que no sabe y necesita aprender, para así poder guiarlo de la forma más adecuada. En última instancia, es como tener a un profesor integrado en el libro, una persona que puede ayudar de inmediato.

Parecería una ilusión poder llegar a este tipo de libros inteligentes e interactivos. No es así. En las últimas décadas se han creado muchos sistemas experimentales que tratan precisamente de ayudar a estudiantes a aprender matemáticas, física y otras disciplinas universitarias, pero también la aritmética básica. La mayor parte de estos esfuerzos se han concentrado en sistemas concebidos para las computadoras de escritorio. En Estados Unidos, muchos libros universitarios están ya completamente computarizados y se puede acceder a portales que proporcionan imágenes, lecturas suplementarias, videos o simulaciones. En la Universidad de Berlín, creamos hace algunos años un prototipo de un libro en el cual, cuando el estudiante solicita ayuda, en cualquier sección del mismo, un profesor aparece en la página y proporciona los detalles de un desarrollo matemático, por ejemplo.

La gran ventaja de los países desarrollados durante la pandemia en curso es que ya gran parte de la economía ha sido trasladada a la llamada “nube de computadoras”. El día que Google, Apple, Facebook cerraron sus oficinas en Silicon Valley, en marzo de este año, los trabajadores simplemente se quedaron en su casa. Todos los datos y herramientas de trabajo ya estaban en la nube y los pudieron seguir accesando. La oficina, tal como la conocemos hoy, es ya solo un lugar para interactuar con los amigos. La oficina real ya está en la nube.

En la educación necesitamos una transformación así, pero incluso más profunda. Hay que colocar todos los contenidos educativos en la nube, pero no solo como archivos PDF de los libros de texto gratuito, sino como unidades de aprendizaje interactivas, listas para ser utilizadas desde una ligera y barata tableta, que en conversación e interacción con el estudiante le ayuda a cubrir su plan educativo personalizado.

México tiene en este caso una ventaja comparativa, que es la gran cantidad de alumnos de todos los niveles que hay en el país y un sistema educativo común. Para esta epidemia es ya tarde, pero debemos pensar hacia el futuro. Crear libros inteligentes, que proporcionarán educación interactiva, podría complementar la educación presencial, cuando esta regrese. Podría, además, igualar las condiciones de aprendizaje entre zonas más o menos desarrolladas en el país. Les permitiría a los alumnos avanzar a su propio paso y recibir una educación individualizada, haciendo énfasis en la participación activa. La inversión sería significativa, pero sería muy baja per cápita, pensando en todos los estudiantes que se podría cubrir.

Es una utopía, claro, pero una utopía que indudablemente podríamos convertir en realidad para darle a la educación el lugar que merece en la trayectoria hacia una sociedad más próspera y más justa.



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