Jueves, 15 Octubre 2020 08:19

Guillermo Soberón Acevedo (1925 – 2020)




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Dr. Gerardo Gamba Ayala

Hay pocas personas que al morir se puede decir cabalmente que dejaron un mejor país que el que recibieron al nacer. Uno de ellos es sin duda el Dr. Guillermo Soberón Acevedo. Mexicano universal, creador de instituciones, inspirador de generaciones. Médico Cirujano, estudió en la Facultad de Medicina de la Universidad Nacional Autónoma de México cuando todavía se encontraba en el magnífico edificio de la plaza de Santo Domingo, en el antiguo Barrio Universitario. Amigo y compañero de banca de personajes como los Doctores Manuel Campuzano Fernández, Ruy Pérez Tamayo, Fernando Ortiz Monasterio, entre otros, con lo que reafirmaron el dicho aquél de “dime con quien andas y te diré quien eres”. Ingresó a la Facultad de Medicina en 1943, por lo que durante los cinco años de la carrera vio nacer al Hospital Infantil de México, creado por el Dr. Federico Gómez (1943), al Instituto Nacional de Cardiología, por el Dr. Ignacio Chávez (1944) y al Hospital de Enfermedades de la Nutrición, por el Dr. Salvador Zubirán (1946). Fue quizá el ejemplo de estos grandes médicos lo que imprimió en Guillermo Soberón su tenacidad para crear posteriormente instituciones que incluyen, la transformación del Hospital de Tuberculosis de Huipulco en el Instituto Nacional de Enfermedades Respiratorias y la creación de los Institutos Nacionales de Salud Pública y de Medicina Genómica, entre otros.

Realizó la residencia de medicina interna en el Hospital de Enfermedades de la Nutrición, a partir de la cual desarrolló admiración y amistad con Salvador Zubirán. Su interés por la endocrinología lo llevó a hacer algo poco usual en la época, sugerido por el Dr. José Laguna, que fue realizar un doctorado en Bioquímica en la Universidad de Wisconsin, bajo la tutela de Philip Cohen, que a su vez fue alumno de Hans Krebs, que recibió el Premio Nobel de Medicina y Fisiología en 1953. En ese año Soberón era alumno de Cohen en Wisconsin, lo que abrió la puerta a una amistad entre Soberón, Cohen y Krebs que perduró por años. No cabe duda que la cuna académica de Soberón, desde la Facultad de Medicina en la UNAM, hasta su doctorado en Wisconsin, pasando en medio por Nutrición, forjaron al Médico-Bioquímico, que se constituiría en uno de los primeros “médicos científicos” de México y posteriormente en el personaje tan importante que fue.

A su regreso a México el Dr. Soberón trabajó 10 años como Jefe del Departamento de Bioquímica de Nutrición, en donde su papel como médico-científico fue fundamental para forjar las bases de la investigación biomédica que se ha realizado con excelencia en el Instituto Nacional de Nutrición a lo largo de los años. En 1965 el Dr. Soberón fue invitado por Ignacio Chávez, entonces Rector de la UNAM, para encargarse de la Dirección del Instituto de Investigaciones Biomédicas. Ese fue el momento en que en Nutrición perdimos a un gran bioquímico, pero en la Universidad ganamos a un líder extraordinario, que después de dirigir Biomédicas, se convertiría en Coordinador de la Investigación Científica y posteriormente, Rector de la máxima casa de estudios, de 1973 a 1980. Esa época fue muy complicada para la Universidad, pero Soberón la supo sortear y en buena forma arreglar. Creó el centro cultural universitario y construyó la sala Nezahualcóyotl. De los múltiples aciertos y beneficios que Soberón trajo a México, puedo decir que hay dos que sobresalen por encima de los demás. Uno de ellos fue haber elevado la autonomía universitaria al nivel de garantía constitucional. En su discurso final como Rector, pronunciado en la Antigua Escuela de Medicina, mismo recinto en el que Soberón inició su formación médica 37 años atrás, pronuncio su famoso “credo universitario”:

“Creo en una Universidad eminentemente académica que tiene como misión formar los cuadros académicos que el país requiere………..buscar, mediante la investigación científica, nuevos conocimientos……..Creo en una universidad comprometida con los intereses sociales del país…….Creo en una universidad plural, en donde el derecho a disentir es una norma establecida…….Creo en una universidad crítica, que para serlo tiene que ser vigorosa en lo académico y plural en su composición……….Creo en una universidad autónoma, capaz de demostrar que sabe hacer honor a esa confianza……..Creo, en fin, en una universidad que vive dentro de un régimen de derecho”.

En 1982 el Dr. Soberón regresó de lleno a la medicina al ser nombrado Secretario de Salud por el presidente Miguel de la Madrid. Hizo innumerables cosas positivas por la salud de los mexicanos, gracias a que su formación científica hacía que antepusiera la evidencia científica a cualquier otro elemento en la toma de decisiones. Le tocó el inicio de la terrible epidemia de VIH/SIDA que combatió con valor en un México cerrado y con creencias retrógradas alrededor de la sexualidad. Ordenó la prohibición de la comercialización de la sangre, con lo que eliminó una de las fuentes de contagio de la enfermedad, creo el Comité Nacional para la Prevención y Control del SIDA (CONASIDA) y, en una acción nunca antes vista y desafiante a todos los grupos conservadores de poder, apareció en televisión nacional, con un condón en la mano, promoviendo su utilización. En su faceta de Secretario de Salud fue en donde realizó la otra de las dos grandes acciones benéficas para el pueblo de México a las que me refería anteriormente, que fue la reforma del artículo 4o constitucional, con lo que la salud se elevó a un derecho constitucional.

Cuando terminó su encomienda como Secretario de Salud, el Dr. Soberón tenía 63 años, así que todavía le siguieron otros 30 mas de aportaciones. Un año después, creó el Consejo Consultivo de Ciencias (CCC). Es imposible en breve espacio seguir enumerándolos. Pero me parece que con lo dicho hasta ahora doy sustento suficiente a la frase con la que inicié este editorial. En el libro de la autobiografía del maestro Salvador Zubirán, fue Guillermo Soberón quien escribió el prólogo y lo inició diciendo: “Las vidas ejemplares deben ser conocidas para poder ser emuladas”. Afortunadamente el propio maestro Soberón nos dejó escrita su vida en un libro francamente ameno y divertido que se intitula: El médico, el Rector, publicado por el Fondo de Cultura Económico. Descanse en paz el maestro Guillermo Soberón.

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