Lunes, 02 Noviembre 2020 08:13


Hace algunos días las autoridades de la Secretaria de Salud presentaron la actualización sobre el tema del exceso de mortalidad (conferencia de prensa 24 de octubre) y publicaron en la página de coronavirus.gob.mx el boletín número 4 que contiene esta información. Estos datos son los que nos permiten percibir con un poco más de certeza, el efecto real que ha tenido la pandemia en la población mexicana.

El exceso de mortalidad se refiere a las muertes que ocurren más allá de las esperadas. Dado que tenemos los datos de mortalidad por día, semana, mes y año, entones podemos estimar para cierto mes o semana del año, cuántas muertes se esperan y de qué causas. El sistema funciona bastante bien. Por ejemplo, si uno ve la mortalidad en la Ciudad de México, del 2015 al 2019, hay un claro pico que sobresale entre el 19 y 22 de septiembre de 2017, como consecuencia del temblor.

Según el reporte presentado, en México durante los primeros meses del 2020 la mortalidad se mantuvo en los números esperados, hasta la semana 14 en que empezó a subir, para llegar a un máximo en la semana 29 y de ahí ha venido descendiendo, aunque para la semana 39 todavía está por encima de lo esperado. En el pico de la semana 29 se esperaban alrededor de 14 mil muertes en el país y ocurrieron un poco más de 26 mil, es decir, casi el doble. En la Ciudad de México el pico ocurrió en la semana 21 en que se esperaban como 1,400 muertes y ocurrieron 4,300 (3 veces más).

De acuerdo a este análisis, del 1 de enero al 26 de septiembre (que es hasta la semana que abraca el estudio) se esperaban 524,920 muertes en el país. Sin embargo, ocurrieron 718,090. Es decir, 193,170 muertes más que las que deberían de haber ocurrido, para un exceso de mortalidad de 36.8 % global para el país.

Por alguna razón no clara aún, la COVID suele ser más grave en los hombres que en las mujeres. A nivel nacional, se esperaban en hombres 288,142 defunciones y en mujeres 224,347, pero ocurrieron 410,539 y 287,464, respectivamente. Es decir, 122,397 muertes más en hombres y 63,117 en mujeres. De tal forma que, del exceso de mortalidad, el 63.3% ocurrió en hombres y el 32.6% en mujeres. Por grupo etario, el mayor exceso ocurrió en los mayores de 64 años (94,855) seguido del grupo de 45 a 64 años (77,146) y luego de los de 20 a 44 años (12,879). Sin embargo, dado que el número de muertes esperadas es mayor en el grupo con más de 64 años, el porcentaje de exceso de mortalidad fue más alto en la población de 45 a 64 años en que representó el 62%, ya que en este grupo se esperaban 123,306 defunciones, pero ocurrieron 200,451.

Del exceso de mortalidad hasta el 26 de septiembre, solo 78,449 defunciones fueron atribuidas al SARS-CoV-2, lo que representa apenas el 40%. Esto es porque se toma como mortalidad por COVID solo aquellos pacientes que mueren en hospitales y con pruebas positivas. Según expuso el Dr. López Ridaura en la conferencia (dato que no aparece en el boletín No. 4), las actas de defunción fueron re evaluadas en búsqueda de evidencia de que el enfermo falleciera por COVID, pero no estuviera asentado como la causa de muerte. Se buscaron en las actas palabras claves como SARS-CoV-2, COVID, neumonía, insuficiencia respiratoria, etc. Los registros que se encontraron fueron entonces determinados como muertes por COVID; con lo cual, las defunciones por COVID ascendieron a 139,153. O sea, se reconoce, se acepta, que al 26 de septiembre, había 60,704 defunciones más por COVID de las informadas oficialmente. Así, de las 193,170 muertes en exceso, ya tenemos claro el origen de 139,153, que representa el 72 %.

¿De qué murieron el resto? ¿De que murieron 54,017 compatriotas más de los esperados, si no los consideramos por COVID? Nótese que este número representa el 28 % del exceso de mortalidad. Algunos deben ser de COVID y el resto, yo creo que murieron por una enfermedad social a la que llamaría “insuficiencia del sistema de salud”. Los hospitales se volcaron a la atención de enfermos COVID. Algunos de ellos se convirtieron para la atención exclusiva de pacientes con COVID y nos acostumbramos a escuchar en las conferencias, cuántas camas hay disponibles cada día, tanto de hospitalización general, como de terapia intensiva, para pacientes con COVID, como si esta fuera la única enfermedad que existe y se dejó de poner atención a que hay muchas otras enfermedades.

Es muy probable que un número razonable de defunciones en este grupo de 54,017, no reconocidos como COVID sean pacientes con enfermedades comunes que de haber encontrado el hospital a tiempo (como hubiera pasado si no existiera la COVID), no se hubieran muerto. Debe haber muchos con infartos agudos de miocardio, cuadros agudos de diabetes descompensadas, insuficiencia renal o hepática avanzada, que al suspenderse los programas de trasplante perecieron, urgencias abdominales múltiples que no encontraron la atención quirúrgica a tiempo, accidentes que no lograron llegar a un buen hospital a tiempo.

Dado que lo único anormal que ha ocurrido durante este tiempo es la COVID y por lo expuesto en los párrafos anteriores, a mi parecer llevamos 193,170 muertes debidas al COVID. Ya sea en forma directa o indirecta. Dicho de otra forma, esas 193,170 muertes no hubieran ocurrido si no existiera la COVID.

Según denunciaron al inicio de la presente administración, el gobierno anterior dejó a medias la construcción de decenas de hospitales. ¿No podríamos haber ya terminado al menos dos o tres de esos para mejorar nuestra capacidad de atención médica? Me parece que existen los recursos, solo que no se están destinando para mejorar la capacidad hospitalaria del país. La COVID no se va a ir pronto. La vamos a tener con nosotros por varios años. Ya es hora de pensar en soluciones permanentes. En todos los enfermos y no solo en los de COVID.



Miembro del Consejo Consultivo de Ciencias

Director de Investigación, Instituto Nacional de Ciencias Médicas y Nutrición Salvador Zubirán y Unidad de Fisiología Molecular, Instituto de Investigaciones Biomédicas, UNAM

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