Lunes, 04 Enero 2021 08:38

Gerardo Gamba

Recuerdos por conservar de un año para olvidar

Dr. Gerardo Gamba Ayala

Comité de Ciencias Naturales Comité de Ciencias Naturales


El 28 de febrero fue el día que se entregaron los diplomas a los residentes que terminaban diversas especialidades en el Instituto. Ese día yo me reincorporé al Instituto después de siete semanas de ausencia, por un asunto administrativo muy desafortunado e injusto, que puso en riesgo mi carrera y la posibilidad de continuarla en México, pero que afortunadamente se resolvió. Terminado el asunto, todo volvió a la normalidad por unas cuantas horas, porque ese mismo día fue anunciado el primer caso de COVID en México y a partir de ahí, el resto es historia. Por eso digo que el 2020 es un año para olvidar, sin embargo, me deja recuerdos que quiero atesorar.

Conservo para siempre haber sido beneficiado por la casualidad del destino. Nunca me he sacado nada en una rifa. Nunca he ganado una quiniela. No le atino ni al marcador de un partido. Pero esta vez, sin concursar, el destino me sonrió. Por una situación personal había solicitado vacaciones para la segunda quincena de enero, que iniciaban justo el día anterior de la debacle administrativa que comenté, por lo que esta no pudo ser aplicada en ese momento. Sin esta casualidad del destino el año hubiera sido un desastre peor de lo que fue.

Un gran recuerdo para conservar, del año para olvidar, es la solidaridad de varias personas cuando se presentó este asunto, que desde el primer momento se abocaron a utilizar todo lo que estaba a su alcance para impedirlo y revertirlo. Hubo gente lindísima, tanto adentro como afuera de la institución, que desde el primer momento se ocupó para tratar de resolverlo. Se aplicaron de inmediato a contactar a servidores públicos de muy alto nivel, quienes, a su vez, se abocaron también a analizar las opciones legales a utilizar, para destrabarlo. Hubo que intentar un plan tras otro, con precisión quirúrgica. Me salieron amigos que no sabía que tenía. El asunto tardo siete semanas en resolverse. Las peripecias que hubo que hacer son dignas de un capítulo entero, si algún día escribo una autobiografía. Amigos del alma me acompañaron en el proceso y mi bella esposa lo sufrió conmigo. Colegas del gremio médico cerraron filas para ayudar en lo que pudieran. Amigos del ramo administrativo hicieron lo propio. Grandes personajes del medio del derecho también se presentaron a ayudar de diversas formas. Mi eterno agradecimiento para todos. Esto es con lo que me quedo de aquel desagradable incidente, digno de ser olvidado.

El otro gran recuerdo para conservar del año para olvidar es la respuesta del personal del Instituto ante la contingencia sanitaria. Ser testigo de esto pone la piel chinita y renueva nuestra fe en la humanidad. El Instituto se reconvirtió para dedicarse a la atención de puros pacientes con COVID, a expensas del riesgo que corrían, en mayor o menor grado, todos los miembros de este. Y no ha flanqueado. Todos en sus puestos. Los residentes y las enfermeras en la primera línea. Guardias interminables, portando por horas los equipos de protección personal. Vigilando cada movimiento en forma milimétrica para evitar el contagio. Viendo el sufrimiento ajeno, en muchas ocasiones sin poder hacer nada. Acompañando a morir a gentes alejadas de sus familiares y amigos. Retirándose al terminar cansados, frustrados y con el miedo de haberse contagiado, para volver a empezar días después. Hombres y mujeres del personal médico de base que tenían años de haber hecho su última guardia, se abocaron a hacerlo de nuevo, con la cara en alto en contra del COVID y la posibilidad de contagiarse. Algunos de ellos ya en la edad de riesgo. Los camilleros y el personal de intendencia no dejaron de hacerse útiles en ningún momento. El personal de administración, que tuvo que trabajar a marchas forzadas para lidiar, por un lado, con la ordenada gratuidad del asunto y por otro, para conseguir en forma expedita insumos, desde humanos hasta materiales. Los investigadores se abocaron a registrar, iniciar y conducir más de cien proyectos para tratar de entender y manejar el COVID. El pleno de directores, en conjunto con un grupo ampliado de asesores de la propia institución, reuniéndose todas las mañanas para inventar estrategias o reinventar la ya existentes, para ofrecer el mejor servicio y a la vez, proteger a los miembros de la institución y los pacientes. Hubo que planear con pinzas la parcial des-reconversión para poder volver a atender a nuestros enfermos con cantidad de problemas complejos y convertir así al Instituto en un hospital híbrido. Todo, liderado con la enorme solvencia moral de nuestro Director General, que ha sido el primero en poner el ejemplo de tenacidad, entrega y amor por la institución y los pacientes. De todos los enunciados de la mística que nos dejó el maestro Zubirán, son dos los que más han resonado en mi mente durante todos estos meses: 1. Entrega de pensamiento y acción sin límites de tiempo ni esfuerzo y 2. Sentir el orgullo de tener el honor de pertenecer a la Institución.

El asunto no solo no ha terminado. Se ha puesto peor. Cerramos el terrible 2020 con nueva contingencia en semáforo rojo, con la esperanza de que el año nuevo nos traiga una solución más real de la epidemia. Las pruebas rápidas y las vacunas ayudarán a que así sea. Mientras tanto, de un año para olvidar, la respuesta de los miembros del Instituto ante contingencias desde personales, como la narrada al principio, hasta generales, como la que le siguió, es algo digno de recordar. Las instituciones se forjan y sostienen cuando dentro de sus paredes laboran hombres y mujeres que le tienen gran cariño, mismo que imprimen en cada de una de sus acciones, tanto institucionales y personales. Gracias a todos los miembros del Instituto Nacional de Ciencias Médicas y Nutrición Salvador Zubirán. La frente en alto en este inicio del 2021.



Miembro del Consejo Consultivo de Ciencias

Unidad de Fisiología Molecular, Instituto de Investigaciones Biomédicas, UNAM e Instituto Nacional de Ciencias Médicas y Nutrición Salvador Zubirán

Premio Nacional de Ciencias y Artes 2010

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