Miércoles, 10 Marzo 2021 08:20

Hace seis años en ocasión de la ceremonia de graduación de los residentes del Instituto Nacional de Ciencias Médicas y Nutrición Salvador Zubirán, publiqué un editorial en este espacio intitulado “Reflexiones desde el presídium”, en la que comenté mis reflexiones en esa ocasión que por primera vez era parte del presídium durante este magno evento que ocurre en el Instituto cada vez que termina el mes de febrero. Desde entonces han pasado seis de estas ceremonias a las que he atendido con la misma emoción y entusiasmo que a las 36 que he visto pasar. Esta última sin embargo, fue una ceremonia diferente, sin dejar de tener el glamour del momento.

La diferencia enorme es que en esta ocasión fue virtual. Cada quien tuvimos que vivir la experiencia en nuestra propia oficina o casa, en esa soledad del año 2020 que se ha visto acompañada por la conexión virtual, que nos recuerda y hace sentir un poco el nivel de soledad en la que han muerto tantos compatriotas en los últimos meses. Sin la posibilidad del contacto físico, sin darnos la mano, sin palmadas en la espalda, sin abrazos.

Por razones técnicas muchas personas asistieron solo viéndolo por YouTube. Muchas otras tuvimos la oportunidad de hacerlo por la plataforma que nos permitió al menos interaccionar entre nosotros. Unos cuantos minutos antes de iniciar ingresé en la plataforma digital y al enterar vi con claridad al Maestro Manuel Campuzano desde su casa, al Rector de la Universidad de la Nación, el Dr. Enrique Graue en su oficina, con el cuadro del Rector Vasconcelos que siempre veo atrás de él cuando coincidimos en alguna ceremonia o seminario virtual, al Secretario de Salud, Dr. Jorge Alcocer miembro de esta casa, a la Dra. Susana Lizano, Presidenta de la Academia Mexicana de Ciencias, así como muchos otros personajes de importancia para la vida Institucional. Quizá fui un poco descortés con las grandes autoridades que nos acompañaban, porque mi primera reacción fue saludar primero al Maestro Campuzano, nuestro decano y guía espiritual, el Master Yoda del Instituto.

Se graduaron 119 residentes, de los cuales 42 eran mujeres y 15 extranjeros, que terminaron alguna especialidad de entrada directa o indirecta en el Instituto. Es tan grande el número de graduados cada año, que la ceremonia para despedir a quienes se gradúan de residencias o cursos de alta especialidad, y que fueron 102 adicionales, ocurrió días antes.

Si bien cada uno de nosotros estaba solo, había una comunión virtual entre todos. La emoción de siempre, a las que se adhirió en esta ocasión esa sensación de admiración y gratuidad que tenemos en el Instituto y en el país hacia aquellos médicos, enfermeras y demás profesionales de la salud que ha sido el primer contacto en la atención de pacientes COVID. Lo que los residentes vivieron es indescriptible, pero los discursos de los diferentes actores trataron de hacerlo de diversas formas. Hay que tomar en cuenta que este último año a todos los residentes del Instituto, la pandemia les cambió el entrenamiento que esperaban y se unificaron todos en el tratamiento y atención de los pacientes COVID. De nuestra Jefa de Residentes de Cirugía saliente escuchamos frases muy significativas como “en este hospital nunca se escuchó la frase: eso a mi no me toca” o bien, que ante la impotencia en tantos pacientes graves el conocido canto a la profesión médica: curar a veces, aliviar a menudo y consolar siempre “tristemente se volvió más patente que nunca” o bien, “nadie nos preparó para esto, pero aquí demostraron quienes son y lo que son capaces de hacer” y la gravedad de lo que vivieron este año lo resumió cuando al despedirse dijo: “celebremos que estamos todos y que estamos bien”. Todos los que terminamos una residencia sabemos lo difícil y extenuante que fue, pero en ningún discurso había escuchado al Jefe de Residentes de Medicina Interna decirles a los graduados: “podemos agradecer que estamos vivos y con salud”.

En el Instituto hemos trabajado a lo largo del tiempo siguiendo la mística que nos dejó en un decálogo el maestro Zubirán y que en este año de pandemia fue la guía que dio luz al trabajo de tantas personas que nos identificamos más que nunca con esta mística, de la cual algunos guardamos como un tesoro, la que nos firmara personalmente el maestro. 1. Entrega de pensamiento y acción sin límites de tiempo ni esfuerzo. 2. Imprimir profundo sentido humano a la atención de los enfermos. 3. Mantener permanente apego a la más estricta ética profesional. 4. Luchar por el prestigio de la Institución antes del propio. 5. Sentir orgullo de pertenecer a la Institución. 6. Sentir a la Institución como el Alma Mater que alimenta nuestro Espíritu con la Ciencia y señala los caminos que nos hacen más creativos y humanos. 7. Establecer lazos afectuosos de amistad con los compañeros de trabajo. 8. Contribuir intencionadamente a mantener el ambiente de amable convivencia y respeto entre los que en ella laboran. 9. Fortalecer la devoción, cariño y respeto por la Institución que nos formó. 10. Procurar que el esfuerzo que cada quien realiza en la Institución contribuya a la solución de los problemas nacionales de salud. El grupo de residentes, junto con enfermería, administración, intendencia, laboratorios y todo el personal del Instituto se apegó más que nunca a estos enunciados.

El resto de las intervenciones fueron por supuesto muy sentidas, pero quizá el momento más emotivo fue el discurso de nuestro Director General cuando les dijo a los residentes el viejo proverbio judío que dice “quien salva una vida, salva al mundo entero” y leyó una de las tantas cartas de agradecimiento que se han recibido de pacientes que dice: “Gracias, lo repetiré muchas veces, gracias, de todas las formas posibles, aunque sea una palabra que utilizamos para tantas cosas, gracias mantiene su poder, gracias es una palabra sagrada”.



Miembro del Consejo Consultivo de Ciencias

Unidad de Fisiología Molecular, Instituto de Investigaciones Biomédicas, UNAM e Instituto Nacional de Ciencias Médicas y Nutrición Salvador Zubirán

Premio Nacional de Ciencias y Artes 2010

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