Lunes, 29 Marzo 2021 15:18

Gerardo Gamba

¿Qué hemos aprendido en un año de pandemia?

Dr. Gerardo Gamba Ayala

Comité de Ciencias Naturales Comité de Ciencias Naturales



Hace un año, el 11 de marzo de 2020, la Organización Mundial de la Salud declaró que la epidemia creciente de COVID-19, producida por un nuevo miembro de la familia de los coronavirus, denominado SARS-CoV-2, se convertía en pandemia. Esto significaba que la infección había llegado a todos los países del mundo y estaba creciendo en forma preocupante. No mucha gente entendió la gravedad de lo que se veía venir y de ahí que mi primer editorial sobre COVID, el 18 de marzo de 2020 se intituló ¿Por qué la pandemia de coronavirus es de preocupar?

Aprendimos que el mejor sistema que tenemos para abordar los problemas y tratar de resolverlos es la investigación científica. Al nacer y crecer absorbemos, sin darnos cuenta, el cúmulo de conocimientos generados a través de los siglos. Cuando nos enteramos de alguna enfermedad que no conocíamos, resulta que ya existe un cúmulo de conocimientos alrededor de esta y los absorbemos de nuevo, sin reparar en lo que llevó a ese conocimiento. Pero con el COVID es diferente.

Como a finales del 2019 el COVID no existía y cobró una popularidad enorme, por los estragos que ha generado, por primera vez en la historia la población en general fue testigo del modus operandis de la ciencia. Pudimos ver como se abordó inicialmente el conocimiento del virus en forma molecular y como este conocimiento fue utilizado para idear y generar vacunas, que fueron probadas en las diversas instancias de la investigación, desde inicialmente células en cultivos, hasta al final en estudios de fase III en humanos, pasando por todo lo de en medio. Hoy los programas de vacunación avanzan. Vimos el nacimiento de estudios clínicos para entender y predecir una enfermedad completamente desconocida y de ensayos aritméticos para predecir su comportamiento. Vimos surgir en la investigación algunos tratamientos útiles, que hoy se aplican con éxito. Para cualquier observador quedó claro que sentarnos a esperar a que se resuelvan los problemas en forma milagrosa no es opción.

Aprendimos que elegir opciones no probadas, ante la desesperación generada por el miedo, no conduce a nada bueno. Recuerdo una discusión con un amigo periodista al principio de la pandemia en la que él sostenía que, ante la ausencia de un tratamiento útil para el COVID, estaba justificado dar cualquier cosa, lo que sea. Así no funciona la ciencia le expliqué. Después de eso vimos nacer, crecer y morir el uso de la hidroxicloroquina, la azitromicina, el dióxido de cloro, diversos antivirales y más recientemente la ivermectina. Todos con el mismo camino. Estudios pequeños iniciales observacionales y observaciones personales que sugerían utilidad, pero que no resistieron el escrutinio de un ensayo clínico controlado. Hasta el momento la dexametasona ha pasado la prueba. El remdesivir también, pero muy apenitas.

Aprendimos, o más bien quizá recordamos, que la entrega del personal de salud es de admirarse. Los médicos, enfermeras y personal de intendencia de diversas instituciones han cargado en los hombros a más de 2 millones de enfermos en el país, con 200 mil muertes por COVID, aunadas más de 100 mil muertes en exceso, no explicadas claramente y lo han hecho, sin tener en todos los casos, el equipo de protección necesario y a costa de su propia salud. Sabemos que México es uno de los países con la mayor tasa de muertes en personal de salud por el COVID. A pesar de eso, no se ha flaqueado.

Aprendimos que las enfermedades más comunes del ser humano se contagian por aerosoles y el contacto personal. Por el miedo al COVID se instalaron las medidas de sana distancia, se generalizó el uso de mascarillas, se redujo al máximo el tumulto de personas en lugares poco ventilados, dejamos de saludarnos de mano y/o beso, nos volvimos compulsivos en el lavado de manos. Con esto logramos atenuar en algo la morbimortalidad del COVID, pero las que salieron perdiendo fueron las gripas y la influenza que se quedaron con las ganas. No vimos a estas enfermedades en la época invernal como era de esperarse. Ojalá y el aprendizaje sea permanente y aunque disminuya la epidemia de COVID, nos quedemos con buena parte de esto para que dejemos de enfermarnos tan seguido con estos virus.

Aprendimos que en muchos sectores podemos ser muy eficientes trabajando desde casa. La era de la computación y el internet permitió a mucha gente continuar con su trabajo en diversos ámbitos, sin tener que desplazarse a una oficina o escuela en particular. Esto se vio acompañado de una disminución real en el tráfico y la utilización del automóvil. Hemos aprendido a cuantas juntas o seminarios podemos asistir sin tener que invertir una hora antes para estar a tiempo. Esperemos que este conocimiento haya llegado para quedarse. Me imagino un mundo en el que, aunque disminuya la pandemia, ya muchas juntas ocurran por vía virtual exclusivamente y otras, que por su naturaleza deban ser presenciales, puedan recibir por vía virtual a quien esté sin posibilidad de traslado. Esto sería benéfico para el medio ambiente y para el estrés de vivir en la gran ciudad y significaría sacarle alguna ventaja a la pandemia, dentro de todas las desgracias que ha ocasionado.

Finalmente, estamos aprendiendo ahora que la ciencia es muy eficiente en generar soluciones reales. Pero, que la aplicación de dichas soluciones a nivel poblacional o global compete a otra disciplina humana que ha mostrado con claridad sus ya conocidas o sospechadas deficiencias. Una cosa es que haya vacunas y otra es que le lleguen a todo el mundo. Esto ya lo conocíamos en medicina. Por ejemplo, tenemos un arsenal de medicamentos antihipertensivos. Pero, lograr el control de la hipertensión arterial a nivel poblacional es algo que escapa de las manos de la medicina y entra a otros terrenos, en donde existen intereses que desafortunadamente pesan más que la salud.

Afortunadamente no es todo. Hemos aprendido más cosas, pero el espacio no permite relatarlas todas. El balance sigue siendo negativo, porque la desgracia ha sido mayor, pero solo con el aprendizaje y su incorporación a la vida diaria lograremos algún día revertir la negatividad.



Miembro del Consejo Consultivo de Ciencias

Premio Nacional de Ciencias y Artes 2010

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