Miércoles, 13 Mayo 2020 08:26


Otros tiempos, otra velocidad, otras reacciones. Yo tenía doce años cuando, en 1957, llegó a Francia la “gripe asiática”. Ciertamente, vino de Asia. Se estima que en Francia mató entre 60 y 100,000 personas (en un país de 45,000,000 habitantes), y en el mundo: entre 1,000,000 y 4,000,000 de personas. No sé si lo hizo en meses o años. No recuerdo miedo, mucho menos pánico, no hubo escasez de nada, ni suspensión de clases, ni encierro en casa. Pasó a la historia y se borró de la memoria colectiva. Una gripa fea, punto.

No se habló entonces de pandemia. “Pandemia: del griego=reunión del pueblo. Enfermedad epidémica que se extiende a muchos países o que ataca a casi todos los individuos de una localidad o una región” (Diccionario de la Real Academia). No se habló de pandemia, porque no se propagó, como la presente de COVID-19, a toda velocidad, en el mundo entero. Al mundo entero llegó, pero lentamente. Antes de la globalización y de internet.

Se usa la palabra desde la segunda ola mundial de cólera en los años 1850, la que pegó muy duro en México. Desde que existe el hombre, ha sufrido epidemias, pero para que haya pandemia se necesita cierta densidad de población y cierta velocidad en los medios de transporte. La terrible peste negra del siglo XIV que asoló Asia y Europa fue favorecida por la pax mongola que permitía un intenso comercio a lo largo de la “ruta de la seda”. El cólera, desconocido antes del siglo XIX, pasó de la India a Europa, luego de Europa a América, gracias al progreso acelerado de los barcos de vapor y de los trenes. La gripe “española” salió de los ejércitos amontonados en las trincheras de la primera guerra mundial para asolar al mundo. La segunda guerra mundial vio, ligados al progreso científico y técnico, los primeros episodios de guerra bacteriológica o viral: los alemanes provocaron epidemias de malaria y los japoneses experimentaron con anthrax y peste bubónica en sus siniestros laboratorios de Manchuria. No dudo que, en el marco de la guerra fría, todos hayan trabajado en ese abominable sentido.

Lo importante, porque debería incitarnos a actuar, es que, como bien dijo el Dr. Larry Brilliant, “las epidemias son inevitables, las pandemias son opcionales.” Quiere decir que virus y bacterias tienen su propia historia y, periódicamente, nos agarran desprevenidos, sin inmunidad adquirida; mientras que las pandemias son el resultado de la historia humana, de la suma de fenómenos como la “invención” de la agricultura y de la ganadería, que permitió el crecimiento demográfico; la urbanización que amontona la población con total promiscuidad; la destrucción de los bosques, que trastorna el hábitat natural de animales y bichos, y transforma microbios inofensivos en peligrosos; las granjas industriales que amontonan gallinas, puercos y vacas; sin olvidar el cambio climático.

Les recomiendo la lectura del libro de Sonia Shah, Pandemic: Tracking Contagions from Cholera to Ebola and Beyond, (New York, Farrar, Strauss and Giroux, 2016). Había publicado anteriormente The Fever, historia de la malaria, un antiguo parásito que el hombre tomó de los simios hace 500,000 años y que sigue cobrando muchas vidas hasta la fecha. Ambos libros demuestran el “paradigma del cólera”, a saber, que el medio ambiente biológico, social, económico y político (yo subrayo) es a la vez la fuente y el conductor de las pandemias de hoy y de mañana, como en el caso del cólera.

Durante siglos o milenios, el cólera se quedó tranquilo en pequeños mariscos del golfo de Bengala, hasta la llegada de la famosa East India Company a fines del siglo XVIII. Ella lanzó la colonización agrícola de ciénegas que eran el sitio natural de la bacteria “Vibrión del cólera”. La bacteria mutó al contacto de los trabajadores y en 1817 empezó la primera pandemia de una plaga que hoy sigue pegando a tres millones de personas al año y mata cien mil. La séptima pandemia de cólera empezó en 1961, pegó en México por 1990. Nos asusta mucho COVID-19, y con razón, sin embargo, no debemos olvidar que la malaria, la tuberculosis, el sida, etc., son mucho más mortíferos.



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