Lunes, 22 Marzo 2021 08:54

Jean Meyer

Ecos de las batallas | Parte I

Dr. Jean A. Joseph Meyer Barth, con la colaboración de Pablo Mijangos, historiadores en el CIDE.

Comité de Ciencias Sociales, Filosofía e Historia Generic placeholder image



La Revolución Mexicana -más valdría decir las revoluciones mexicanas- se aleja, está a punto de perderse en la noche de los tiempos, después de los fuegos artificiales del Centenario de su inicio. Cien años antes de 2010, Don Porfirio inauguraba las fiestas del Centenario de la Independencia, otra revolución, o revoluciones, la que empezaba en 1810.

La “revolufia”, como decían los pueblerinos que la vivieron, hicieron, sufrieron, se aleja y le pasa lo mismo a mi libro La Revolución Mexicana, publicado primero en francés, a principios de los años 1970, y también a mis tres tomos de La Cristiada, y a los dos tomos de la Historia de la Revolución Mexicana, los 10 y 11 sobre la presidencia de Plutarco Elías Calles, que publicamos en 1976 y 1977, Enrique Krauze, Cayetano Reyes y un servidor. Sobre dicha revolución, historiadores, antropólogos, economistas y sociólogos, novelistas y directores de cine y televisión han dicho todo y su contrario, con mayores alabanzas y terribles imprecaciones, sin contar los fríos e implacables diagnósticos.

Lo mío fue escrito con mucha pasión, tanto por el tema del conflicto religioso, mi primera investigación, como por las circunstancias; empapado de la historia de la Cristiada, inseparable de la Revolución en su etapa callista, me encontraba bajo el impacto del movimiento estudiantil en el cual habían participado mis estudiantes del Colegio de México, del 2 de octubre y del muy reciente Jueves Corpus (1971) con sus “halcones” lanzados por las autoridades contra los estudiantes. Imposible escribir sin pasión. A veces la pasión ciega a uno, a veces lo vuelve clarividente. En 1971, cuando la guerrilla crecía en la ciudad y en el campo, retomando los lemas revolucionarios, contra un partido-Estado que se llamaba Partido Revolucionario Institucional, uno se encontraba expuesto a dos tentaciones complementarias: o bien la Revolución, con R alta, ha muerto porqué ha sido traicionada, interrumpida, confiscada; o bien no hubo nunca Revolución, sino solamente una gran rebelión, una “revolufia”: mucho ruido, pocas nueces. Si el PRI era la solución al problema político de la transmisión perenne del poder, problema que Don Porfirio no supo resolver, si el PRI era un porfirismo colectivo, como dijo José Vasconcelos, ¿cómo hablar de una “revolución mexicana”?

A la hora de su centenario, Mauricio Tenorio pudo escribir tranquilamente:

Territorial, demográfica, tecnológica y culturalmente, el México de 1910 había cambiado mucho en comparación con él de 1880 (…) Y siguió la Revolución. Si fue una revolución burguesa que pretendía modernizar al país y hacerlo pasar de una oligarquía autocrática a una moderna economía, política capitalista liberal, o si fue, como empieza el clásico de John Womack, una lucha de campesinos para no cambiar, es al gusto del historiador. Lo que no lo es, es que el proceso modernizador porfiriano produjo, sobre todo entre sus favorecidos, los enemigos que lo derrotaron violentamente. Y como en el México de 1821, en el de 1921 no estaba claro si la Revolución había sido una nueva modernización o una reacción en contra de la modernización vivida. Para mediados de la década de 1930 y sobre todo a partir de 1940, es claro que el régimen de partido-Estado surgido de la Revolución se empeñaba en un cosmopolitismo y una modernización muchísimo más radical que la porfiriana … si algo de modernización buscaban era más de lo mismo que los había precedido.

Cuando renunció patrioticamente a la presidencia, el 25 de mayo de 1911, Porfirio Díaz declaró:

Espero… que calmadas las pasiones que acompañan a toda revolución, un estudio más concienzudo y comprobado haga surgir en la conciencia nacional un juicio correcto que me permita morir llevando en el fondo de mi alma una justa correspondencia de la estimación que en toda mi vida he consagrado y consagraré a mis compatriotas.

El “revisionismo” histórico que empezó con Daniel Cosío Villegas, nuestro admirado y querido“Don Daniel”, le hizo justicia al capítulo de la historia nacional que llamamos ahora “El Porfiriato”, pero el exilio del expresidente es el único exilio después de muerto que registran nuestros anales. Su deseo de ser enterrado en la oaxaqueña tierra natal no ha sido realizado; mientras, cada día, flores frescas adornan su tumba en el panteón de Montparnasse, rue Froidevaux, en Paris.

¿Por qué el exilio post mortem? Porqué el nacionalismo revolucionario, ideología del nuevo régimen, inventó, como la revolución francesa, un “antiguo régimen” infernal cuya maldad radical otorgaba su legitimidad a la revolución y a sus herederos. Hasta la fecha.

No me voy a perder en el laberinto conceptual y lingüístico, porque no tengo el hilo de Ariana para llegar a la definición de la “revolución”. Citaré a mi colega Álvaro Matute:

Hace poco alguien me recordó que el maestro Martín Quirarte solía decir que a la verdadera revolución se le llama Reforma y a las reformas (de Independencia y 1910) revoluciones. El concepto (de revolución) es el que alude al cambio profundo en las estructuras. En ese sentido, nuestra Reforma, con su Constitución de 1857 y, sobre todo, sus Leyes, ha sido el movimiento que estableció el cambio más radical en la historia mexicana independiente. No sólo afectó el marco legal, al cual iba dirigido, sino que en esa ocasión, la aplicación de las leyes sí afectó la vida de las personas.

Muy cierto: encerrar la Iglesia católica en templos y sacristías, quitarle todas sus funciones sociales (registro de nacimientos, defunciones, matrimonios, salud pública, educación, hospitales y panteones), desaparecer las órdenes religiosas, nacionalizar los bienes del clero, fue una revolución de verdad que afectó directamente la vida cotidiana de todos. La desamortización de todas las propiedades comunales – de las comunidades campesinas y de la Iglesia, de los ayuntamientos y de los hospitales- fue algo tan radical como la misma operación realizada por la revolución francesa; contribuyó al crecimiento de haciendas y latifundios y, por lo tanto, a la “cuestión agraria” que debería resolver a su manera la “revolución” de los años 1930.

Las revoluciones, esto es, la Independencia y la Revolución, no tuvieron ese índice de radicalidad. Obviamente, la Independencia cortó el vínculo con la metrópoli, pero la sociedad quedó prácticamente intocada… La Revolución de 1910, que inició como reforma política, pronto se olvidó del contenido democrático de su impulsor; las reformas agrarias, educativas y laborales no necesariamente tenían que ser producto de un movimiento armado… Con el tiempo las reformas fueron reformadas. Muchas se burocratizaron e incluso fueron presa de barroquismos legales.

En ese sentido, podemos decir que la Revolución no fue un corte de los procesos de los años 1880-1910, sino una continuidad de lo mismo, de la misma manera que, como lo demuestra Alexis de Tocqueville en su L’Ancien régime et la révolution, los jacobinos y Napoleón continúan y llevan a cabo en forma acelerada la obra de los “cuarenta reyes que hicieron la Francia”. Por cierto, mi pluma y la de Francois-Xavier Guerra fueron guiadas por Tocqueville.

John Womack demostró, hace mucho, que la Revmex, fórmula acuñada por Luis González como director de la obra colectiva lanzada inicialmente por Don Daniel, Historia de la revolución mexicana, no rompió el proceso capitalista. Los revisionistas, marxistas o liberales, no encuentran en ella una lucha de clases, de los desposeídos contra los propietarios, sino una contienda por el poder. El “nacionalismo revolucionario”, si bien contribuyó a “forjar patria”, fue un instrumento ideológico manipulado por el partido-Estado que empezó a tomar forma en 1929.

Entonces, ¿un mito, la Revmex? Sí, pero con toda la importancia de los mitos fundadores. Nace con el Partido Nacional Revolucionario que, inspirado por el fascismo italiano, pasa a llamarse Partido de la Revolución Mexicana, antes de ser el PRI, fabulosa apelación que casa el agua con el fuego, la revolución con la institucionalización y tiene por fin preciso impedir toda revolución, con r chica o alta.

De la visión romántica de la revolución aquella, quedan unas figuras simbólicas muy diferentes, Pancho Villa, como el Centauro del Norte, encarnación de la fuerza bruta, la energía telúrica; Emiliano Zapata, resucitado en enero de 1994 por el subcomandante Marcos, en el levantamiento “neozapatista” de Chiapas. Las playeras a su efigie les hacen la competencia a las del Che. Última y más reciente figura simbólica: Frida Kahlo cuya fama mundial opaca la de su Diego Rivera.



Historiador en el CIDE y miembro del Consejo Consultivo de Ciencias

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