Miércoles, 24 Marzo 2021 08:27


“La Revolución sin mística”

Después de la breve etapa maderista, a partir de febrero de 1913 y hasta 1920, luego entre 1926 y 1929, México vive una prolongada guerra que difícilmente calificaría de civil. Por dos razones: en su atrocidad es totalmente incivil. No opone una mitad de México contra otra mitad, como la guerra civil española, sino, de 1914 a 1920, después de la derrota del general Victoriano Huerta, facción “revolucionaria” contra facción no menos “revolucionaria”; en consecuencia, los “señores de la guerra” pueden, en toda impunidad, saquear, torturar, masacrar. Inés Chávez García y Pedro Zamora son buenos representantes de esos verdugos del pueblo. En la historia oficial, 1917 es el año de la Constitución, cuyo centenario no dejamos de celebrar todo el año; en la memoria popular que encontré todavía caliente en 1965, 1917 era el año de la hambruna. De 1926 a 1929, la gran guerra de la Cristiada opuso los guerrilleros católicos, campesinos en su inmensa mayoría, al Ejército federal, brazo armado del Gobierno. La Cristiada fue prolongada, a partir de 1932, por una interminable guerrilla a la cual el presidente Lázaro Cárdenas puso fin, progresivamente, al poner fin al conflicto entre el Estado y la Iglesia (1914-1938). La Cristiada, guerra defensiva del pueblo contra el Estado nuevo, tiene una singular dimensión religiosa que la diferencia de las guerras con frentes mal definidos y muy cambiantes que hacen sufrir al pueblo mexicano entre 1913 y 1920.

Lo cual nos lleva al problema de la violencia. Cuando los jacobinos y sus imitadores los bolcheviques justifican el Terror y la violencia, lo hacen en nombre del Bien futuro. En 1923, Anatoli Lunacharski escribe que los de Corazón suave se desconciertan frente al “desorden”, la excepcionalidad y la violencia de la revolución. Entenderla han podido solamente las mentes preparadas y que podían contemplar el presente, el pasado y el futuro desde la cúspide del conocimiento histórico. Amarla han podido sólo los corazones de hierra, que no conocían la lástima cuando se trata de luchar decididamente contra el mal… la tormenta fecunda del odio revolucionario, que con estruendo y con puño de acero abre de par en par las puertas del nuevo mundo… Korolenko no vio cuán fatalmente está obligada la revolución a ser casi salvaje en cuanto a su natural autodefensa.

Una terrible violencia dominó el escenario de la guerra/revolución y se prolongó todavía muchos años en el campo, cuando no cabía duda que la revolución mexicana había muerto. Ahora que la violencia afecta todo el país, nos preguntamos si ésta sería una constante de la vida política y social en México. Hace cien años exactamente, aquel Atila michoacano que había hecho sus primeras armas bajo el mando de Joaquín Amaro, el futuro Secretario de Guerra de Calles, pretendía ser general villista, como Pedro Zamora, el Atila del Sur de Jalisco, andaba secuestrando, mutilando, torturando, violando, quemando vivas a sus víctimas. ¡Ay de los pueblos que pretendían resistirle con su “defensa social”! Su legión de demonios acababa con ellos. Los que se entregaban se salvaban del incendio, pero la población no escapaba de la violencia de los “chavistas” a los cuales su jefe daba “mano libre.” Su crueldad sádica y espectacular iba acompañada por la música tocada por unas bandas que no podían descansar antes de que terminara la ceremonia de la matanza: colgados, apuñalados lentamente, fusilados en el mejor de los casos. El destino de las niñas y de las mujeres… mejor no evocarlo. Las autoridades nunca pudieron con él, al grado de que la gente empezó a sospechar del Ejército y del Gobierno. Tres años duró la plaga, hasta que el tifo o la influenza española acabó con Chávez García. Cada estado, cada cantón tuvo su Chávez García, su Pedro Zamora, su “Mano Negra” y Pancho Villa, el guerrillero de los años 1915-1920, ya no el jefe de la División del Norte, no cantaba mal la ranchera. En su natal Chihuahua, poca gente lo quería en 1965: fue cuando descubrí la distancia del mito a la realidad; me pasó lo mismo cuando los ancianos de Buenavista de Cuellar o de Tlapa (Guerrero) me hablaban con horror de las exacciones cometidas por los generales zapatistas fuera de su terruño.

El Estado, cuya presencia explica la “paz porfiriana”, había desaparecido entre 1913 y 1914 y fue cuando muchos “revolucionarios”, que no compartían ninguna mística de la Revolución, revelaron su naturaleza criminal, con o sin máscara villista, zapatista, carrancista “con sus uñas listas” (constitucionalistas). Escuchan a Lucita Rivas Gallegos: Mi marido me vivió tan sólo siete años, casi el mismo tiempo que duró la Revolución. Mientras nacieron mis tres hijos vi quemar, saquear, asesinar…El 16 fue el hambre que sólo viendo o sabiendo narrar…siguió la peste y el chasquido de su azote que nos alcanzó. (En Pueblos del viento norte).

Al escucharla, recordé las palabras de Pushkin, el gran escritor ruso, que, como eco, rezan así: ¡Dios nos libre de una revolución! Es un acontecimiento absurdo e implacable. Los que sueñan con revoluciones imposibles, o bien son jóvenes y no conocen a nuestra gente, o son crueles de corazón, personas que no dan un centavo por su propia cabeza y menos aún por la cabeza de los demás.

El problema de la violencia rebasa las fronteras mexicanas, incluso las de América, porque afecta también a ciertas regiones de Europa en los siglos XIX y XX. Tengo la tentación de suponer que Napoleón tiene cierta responsabilidad indirecta en la violencia como constante en la vida política y social de México y de todo el antiguo imperio español. Ese imperio murió de muerte violenta, no de muerte natural, por lo tanto no pudo evolucionar como el imperio británico, sino que la brutal agresión napoleónica creó un vacío tremendo cuyos efectos se hacen sentir hasta la fecha. Rechazo obviamente las explicaciones de tipo genético que invocan el pasado prehispánico o el mestizaje, y las de tipo cultural que consideran que la violencia fue importada y desatada por los conquistadores españoles. Hay un problema de legitimidad y de vacío institucional que no ha sido completamente resuelto.

Al hablar de violencia, uno debería presentar cifras indiscutibles. No es posible y las diversas evaluaciones, “a ojo de buen cubero” dejan espacio para la duda. Para el período 1913-1920, John Womack habla de 250,000 muertes violentas, otras tantas por epidemias y hambruna, y 400,000 o más por la epidemia global de influenza en 1918-1920 que mató a cien mil personas en el estado de Chihuahua. Para la Cristiada (1926-1929), el general Luis Garfias da como historiador, la cifra de 250,000 muertes directas e indirectas, 90.000 combatientes, civiles los demás. De la misma manera, es difícil evaluar precisamente cuantos mexicanos huyeron a Estados- Unidos, durante esos dos episodios: ¿un millón, dos, dos y medio?


“La revolución ha sido en la gobernanza”

Es una tesis que comparto con el autor de esa fórmula, John Womack.

Por poca científica que aparezca la analogía, me gusta retomar la tesis de Tocqueville sobre el antiguo régimen y la revolución francesa. En 1959, el viejo y amargado José Vasconcelos, antiguo revolucionario maderista, gran ministro de educación en 1920-1923, ya hecho un reaccionario antisemita, dijo con mucho tino que el régimen mexicano contemporáneo, el del PRI, era un “Porfiriato colectivizado”. Quiso decir que los revolucionarios sonorenses habían resuelto el problema de la “gobernanza”, al estilo de Porfirio Díaz, pero evitando la trampa de la reelección sin fin que provocó la caída de don Porfirio y soltó el tigre (según expresión del mismo Díaz).

A diferencia de la revolución bolchevique, la mexicana no puso nunca en peligro el desarrollo del capitalismo, ni cuando cultivó intensamente el nacionalismo en su dimensión antigringo; eso lo entendieron muy bien en el Komintern. Desde el punto de vista soviético, se trata de una revolución “burguesa progresista” que espera conseguir la independencia frente a Estados Unidos y puede pactar, un tiempo, con las clases explotadas para consolidarse y desarmar a los verdaderos revolucionarios. El Komintern soñó, un tiempo, explotar las contradicciones entre “fuerzas burguesas y fuerzas populares” (a fines de 1928 y principios de 1929, luego en tiempo de Cárdenas).

No había leído a los soviéticos y a sus corresponsales cuando escribí en 1972 mi “Revolución mexicana”, pero no me dejaba fascinar por su violencia, la cual, supuestamente, demostraba su carácter revolucionario. La violencia nació de la imposibilidad de terminar la revolución liberal de Madero, nació de la contrarrevolución encabezada por Victoriano Huerta, y se prolongó al provocar el caos. A partir de 1920, se construyó un nuevo Estado en que viven en simbiosis capitalismo, estatismo y sindicalismo controlado. El gran arquitecto es el presidente Calles y la contradicción entre Calles y el presidente Cárdenas es sólo aparente. ¿Fue “la primera revolución agraria del siglo XX”? Sólo retrospectivamente, a la luz del reparto agrario que empieza realmente en 1932 – antes de la llegada de Cárdenas al poder- y gracias a los juegos ideológicos de la perspectiva. Ciertos campesinos pudieron aprovechar una situación de fuerza pasajera, ligada a la gran crisis económica mundial que afectó a la agricultura moderna exportadora; luego, clientes del nuevo Estado, fueron más que nunca víctimas de la versión mexicana de acumulación inicial del capital.

Toma del poder político por ciertos grupos llamados “clases medias nacionales”, la Revolución prolongó el Porfiriato, reorientándose ya no hacia Europa, sino hacia los supuestamente enemigos, los Estados Unidos. A la distancia, habría que unir en un mismo homenaje a Calles y Cárdenas y fundir en una sola etapa el Porfiriato y la Revolución: dos momentos de una misma empresa.



Anatoli Lunacharski, “Ha muerto Vladimir Galaktiónovich Korolenko”, Pravda, 29 de diciembre 1924.
Ramón Rubín, La Revolución sin mística, Pedro Zamora. Historia de un violador, Guadalajara, Hexágono, 1983; Luis De La Torre y Manuel Caldera, Pueblos del viento norte, Guadalajara, Secretaría de Cultura de Jalisco, 1994.
John Womack, “La Revolución mexicana: qué hizo, qué hizo posible y qué no hizo”, La Gaceta, noviembre de 2016: 6.
Viera Kuteishikova, “México, Trotzky, el Komintern” (en ruso) ,América latina, 6, 1993; Andrei Volskii, Historia de la revolución mexicana, Moscú/ Leningrado, 1928 (en ruso); y la revista del Komintern, en su versión francesa, Imprecor, 1928-1929.



Historiador en el CIDE y miembro del Consejo Consultivo de Ciencias

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