Martes, 23 Noviembre 2021 08:07


¿A quién no le gustaría viajar al espacio? Visitar otros planetas, o la Luna, fue un sueño de la humanidad hasta que en 1969 el primer astronauta caminó sobre la superficie de nuestro satélite. Muchos robots han logrado descender sobre la superficie de Marte o se han zambullido como kamikazes en la atmósfera de otros planetas. Esa investigación espacial complementa de manera muy importante las observaciones astronómicas que buscan elucidar la génesis del sistema solar y del universo. Queremos saber de dónde venimos y hacia dónde vamos.

Y sin embargo, los vuelos espaciales están por transformarse en un hobby de millonarios que pueden asumir el costo de un boleto que los lleve a la estratosfera. Ya no se trata de investigación, sino de diversión y de consumar un sueño infantil. Nunca me ha interesado lo que coleccionan los millonarios. Si un Rembrandt en la sala los hace felices, pues que se lo compren. Pero en el caso del turismo espacial sí hay que considerar otros factores y el más importante, me parece, es la energía gastada para llevar a acaudalados astronautas amateurs a darse una vuelta por el espacio. Me refiero a la llamada “huella de carbono” que pueden costar esos viajes.

En un estudio publicado en 2018, los especialistas Martin Ross y James Vedda advierten de los efectos nocivos de los gases y productos químicos expulsados por los cohetes espaciales en la estratosfera. Gases depositados ahí pueden mantenerse circulando hasta cinco años y pueden dañar la capa de ozono del planeta. Es el caso de átomos de cloro y aluminio que son subproductos de los cohetes. Además, partículas de carbono atrapadas en la estratosfera actúan como un “paraguas” negro, mientras que las partículas de aluminio representan un “paraguas” blanco, con interacciones impredecibles entre sí. Los expertos concluyen que ya es la hora de regular las visitas a la estratosfera con un tratado internacional, antes de que ocurra lo mismo que con la basura espacial, que ya está por todos lados.

El diario The Guardian ha calculado que un cohete espacial puede conducir a depositar 300 toneladas de dióxido de carbono en la estratosfera. Un viaje intercontinental en avión puede producir de una a tres toneladas de carbono por pasajero, mientras que en el caso del cohete espacial las 300 toneladas se reparten entre solo tres o cuatro personas, que además viajan al espacio unos cuantos minutos. Jeff Bezos, el fundador de Amazon, estuvo solo tres minutos en la ingravidez a bordo de su nave espacial Blue Origin. El tiempo total de vuelo fue de solo 10 minutos. El multimillonario Richard Branson experimentó de tres a cuatro minutos de ingravidez en su Virgin Galactic, que lo condujo a la frontera con el espacio. Branson quiere ofrecer 400 vuelos al año con su nave espacial.

La epidemia todavía en curso nos ha hecho más sensibles a nuestra propia vulnerabilidad y la vulnerabilidad de la tierra como sistema ecológico. Si algo positivo pudiera salir de esta epidemia, es la reducción de la movilidad basada en combustibles fósiles, algo que sucedió por accidente, al decretarse cuarentenas en muchos países. Y aunque a todos nos gusta viajar, es el momento de reflexionar sobre lo que constituye un gasto innecesario y enorme de energía que afecta negativamente al planeta. Es el caso del turismo espacial con la tecnología que existe actualmente.



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