Lunes, 13 Diciembre 2021 08:43

La premisa de la serie “Breaking bad” que causó furor entre 2008 y 2012 era la de un profesor de química de secundaria en Albuquerque, Nuevo México, de nombre Walter White, que ante la necesidad de obtener recursos para el tratamiento de un cáncer de pulmón, utiliza sus conocimientos de química para sintetizar metanfetaminas de alta calidad y toma como intermediario, para las negociaciones con los narcos, a un muchacho exestudiante de nombre Jesse Pinkman, quien es tremendamente ignorante, pero muy aventado para interaccionar con los narcos. Durante la serie, en diversas ocasiones el profesor White utiliza conocimientos científicos para resolver diversidad de problemas que se van encontrando y cada vez que eso sucede, Jesse maravillado por el poder de la ciencia hace con efusividad la observación que lleva el título de este editorial: “Science Mr. White”. Si el lector no vio la serie puede ver un ejemplo de lo que relato aquí: https://www.youtube.com/watch?v=WoKvRzOw5hg

Esa misma sensación de admiración por la ciencia genera la diversidad de artículos a lo largo de la pandemia de COVID-19 que muestran con claridad como el abordaje científico de los problemas tiene una lógica resolutiva contundente, como ninguna otra actividad humana puede lograrlo. Un ejemplo de eso son dos artículos publicados el jueves pasado en el New England Journal of Medicine sobre la ocurrencia, gravedad y mortalidad por COVID en Israel, en individuos que recibieron las primeras dos dosis de la vacuna de Pfizer/BioNTech y cinco meses después, o más, recibieron el refuerzo.

Para entender el efecto de las vacunas, digamos primero que a la fecha en el mundo se han registrado, según la Universidad de John Hopkins, 268,774,060 casos de COVID, con 5,292,013 muertes, para una letalidad del 1.96%. Los primeros meses de la pandemia, la letalidad era superior al 3%, pero ha ido disminuyendo mientras más hemos aprendido a manejar la enfermedad, detectarla en forma temprana y con el advenimiento de las vacunas, que a la fecha se han administrado en el mundo 8,366,891,011 dosis. Estos números hablan de la letalidad global, tomando en cuenta a todos los individuos enfermos de diversas edades, con o sin comorbilidades. Por supuesto que la letalidad de la enfermedad es mayor al 2% en las personas de 60 años o más.

En uno de estos trabajos se analizó lo que sucedió con 843,208 participantes mayores de 50 años de uno de los sistemas de seguridad social de Israel, todos inmunizados con la vacuna de Pfizer/BioNTech. La edad promedio fue de 68 años y el 60 % tenía más de 65. Es decir, la población en quienes la letalidad del COVID es mayor al 3%. De estos sujetos, el 90%, 758,118 recibieron el refuerzo, con la misma vacuna y el 10%, 85,090 no lo recibieron. El estudio fue observacional, del 6 de agosto al 29 de septiembre, tiempo en que la variante principal del SARS-CoV-2 era la delta. El objetivo fue determinar la mortalidad ocurrida siete o más días después de haber recibido la dosis de refuerzo.

Del grupo que no recibió el refuerzo fallecieron por COVID 137, mientras que en el grupo que si lo recibió fallecieron 65. Esto significa que la letalidad del COVID en los 85,090 sin refuerzo fue del 0.16 % (137/85,090), que de por sí es bastante más baja que la letalidad sin vacuna, y en el grupo con refuerzo fue del 0.007% (65/843,208). O sea, en mayores de 50 años, sin vacuna mueren más o menos 3,000 de cada 100 mil enfermos, mientras que después del refuerzo mueren 7 de cada 100 mil. Al terminar de leer este artículo me vino a la mente la expresión de Jesse Pinkman: “Science Mr. White”.



Miembro del Consejo Consultivo de Ciencias

Unidad de Fisiología Molecular, Instituto de Investigaciones Biomédicas, UNAM e Instituto Nacional de Ciencias Médicas y Nutrición Salvador Zubirán

Premio Nacional de Ciencias y Artes 2010

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